31 de julio de 2016

"ÉTICA NICOMÁQUEA- ÉTICA EUDEMIA" (SUBRAYADOS), de Aristóteles

"El bien es aquello hacia lo que todas las cosas tienden" Aristóteles


¿Qué buscamos? ¿Por qué hacemos todo lo que hacemos? ¿Qué es la felicidad? Aristotéles dedica toda su "Ética a Nicómaco" para explicárnoslo.

"Todo arte y toda investigación e, igualmente, toda acción y toda elección parecen tender hacia algún bien; por esto se ha manifestado, con razón, que el bien es aquello hacia lo que todas las cosas tienden."
"Puesto que todo conocimiento y toda elección tienden a algún bien, volvamos de nuevo a plantearnos la cuestión: cuál es el bien supremo entre todos los que pueden realizarse. Sobre su nombre, casi todo el mundo está de acuerdo, pues tanto el vulgo como los cultos dicen que es la felicidad, y piensan que vivir bien y obrar bien es lo mismo que ser feliz." 
"Pero sobre qué es la felicidad discuten y no lo explican del mismo modo el vulgo y los sabios. Pues unos creen que es alguna de las cosas tangibles y manifiestas como el placer o la riqueza o los honores; otros, otra cosa; muchas veces, incluso, una misma persona opina cosas distintas: si está enferma, piensa que la felicidad es la salud; si es pobre, la riqueza; los que tienen conciencia de su ignorancia admiran a los que dicen algo grande y que está por encima de ellos." 
*
"Decir que la felicidad es lo mejor, parece ser algo unánimemente reconocido pero, con todo, es deseable exponer aún con más claridad lo que es. Acaso se conseguiría esto, si se lograra captar la función del hombre. […] ¿Y cuál, precisamente, será esta función? El vivir, en efecto, parece también común a las plantas, y aquí buscamos lo propio. Debemos, pues, dejar de lado la vida de nutrición y crecimiento. Seguiría después la sensitiva, pero parece que también ésta es común al caballo, al buey y a todos los animales. Resta, pues, cierta actividad propia del ente que tiene razón." 
"Siendo esto así, decimos que la función del hombre es una cierta vida, y que esta vida es tanto una actividad del alma como acciones razonables, y en el caso del hombre bueno, es estas mismas cosas bien y hermosamente, y cada uno se realiza bien según su propia virtud. Así resulta que el bien del hombre es una actividad del alma de acuerdo con la virtud, y si las virtudes son varias, de acuerdo con la mejor y más perfecta, y además durante una vida entera. Porque una golondrina no hace verano, ni un solo día, y así tampoco ni un solo día ni un instante bastan para hacer a un hombre venturoso y feliz." 
*
"La actividad más preferible para cada hombre será, entonces, la que está de acuerdo con su propio modo de ser, y para el hombre bueno será la actividad de acuerdo con la virtud. Por tanto, la felicidad no está en la diversión, pues sería absurdo que el fin del hombre fuera la diversión y que el hombre se afanara y padeciera toda la vida por causa de la diversión. Pues todas las cosas, por así decir, las elegimos por causa de otra, excepto la felicidad, ya que ella misma es el fin. " 

Todas las citas fueron tomadas de "Ética nicomáquea-Ética eudemia", de Aristóteles. Editorial Gredos. La traducción es de Julio Pallí Bonet.

P.D: Ann Peebles  "Trouble heartaches & sadness"

14 de mayo de 2016

DOODLEBUG, de Christopher Nolan

«Y tú juraste estar conmigo hasta el fin de los días al borde de este abismo y bailando,
juraste estar conmigo al borde del sadismo y bailando»
Tanatorios, Hazte Lapón



Christopher Nolan está considerado uno de los mejores directores de la actualidad. "Memento", "Insomnia", "Origen" o la trilogía de Batman le han convertido en uno de los cineastas más admirados por el público y la crítica lo ubica en algún punto entre Alfred Hitchcock y John Ford. 
Facultado para la literatura y comprometido con toda su labor cinematográfica, ha actuado como director y como guionista en todas sus películas, manteniendo sus creaciones a salvo de cualquier influencia externa. El resultado revela -esa es la clave- un prodigioso talento y un buen hacer en la sala de producción.

Rodó "Doodleburg" (1997) -un ejercicio de modestia comparado con otros montajes- cuando aún estaba estudiando en la Universidad College de Londres con la colaboración de la que sería posteriormente su esposa Emma Thomas. 
La trama discurre en un apartamento. Un hombre desamparado -quizá un escritor en horas bajas- se afana por dar caza a "algo" que le altera. Sufre un proceso progresivo de fisión de su realidad interior. El futuro aparece encriptado en su pasado y ensañado con el presente.
Escribió Thomas Bernhard sobre la condición humana que "Nos hemos resignado con el hecho de que, aunque la mayor parte del tiempo en contra de nuestra voluntad, tenemos que existir, porque no nos queda otro remedio y sólo porque una y otra vez, cada día y cada minuto nos resignamos de nuevo a ello, podemos continuar".
Nolan parece explorar la misma cuestión frente a la causa existencialista: hay un hombre dentro de cada hombre, un sí mismo remachado a la piel que confirma su condición de ser irracional e inestable, dominado por sus fobias e impulsos. Un individuo que ha de enfrentarse a una realidad incomunicable que lo aliena, lo aleja de sí, corrompiéndolo en un inmensa espiral sin salida. Podemos huir de aquello que nos molesta, pero no podemos huir de nosotros, no podemos existir por lapsos. No sin morir. No sin el abandono de los abandonos. La ósmosis que se establece es tal que el poder de anegación de la sociedad supone una úlcera brutal que desemboca en una terrible violencia. 
Escenas inverosímiles, deshumanización neurasténica, monotonía, pesadez: tal es el escalafón del hartazgo que subsisten al inicial estertor existencial. Un territorrio definitivamente yermo en tan sólo tres minutos.
En esta idea de perderse y abstraerse de la realidad, quizá quiera también poner de manifiesto la fragilidad del cerebro desde un sesgo psicológico. Un órgano complejo del que no podemos fiarnos pero por otro lado, del que tampoco podemos prescindir. 
Lacónica, elíptica y me atrevería a decir feroz, el director muestra más interés en su destreza por los límites narrativo-visuales que por la narración. Un blanco-negro acoge una atmósfera opresiva representado por las paredes de la pequeña habitación donde los movimientos cámara en mano, contrapuestos a los primeros planos del protagonista consiguen crear un estado onírico. La combinación de travellings (en retroceso y laterales) nos obliga a mirar como si nuestra mente fuera el cerebro enfermo y obsesionado del protagonista, incapaz de reprimir sus impulsos. Es preciso, asímismo, que veamos el tiempo dilatarse, que esa decadencia, se nos revele inexorable, para lo cual tira de una buena cantidad de relojes, en un ejemplo perfecto de como se debe utilizar de manera propia un recurso expresivo. Un trabajo de principiante con ecos kafkianos que merece ser vista, aunque sólo sea por echar un vistazo a los comienzos del director. 




Título original: Doodlebug/ País: Reino Unido/ Año: 1997/ Director: Christopher Nolan / Guión: Christopher Nolan / Fotografía: Christopher Nolan/ Música: David Julyan / Duración: 3 minutos/ Intérprete: Jeremy Theobald


PD: Memento

8 de mayo de 2016

CARTA SOBRE EL CONDE DE LAUTRÉAMONT, de Antonin Artaud

Hay que darle a las palabras sólo la importancia que tienen en los sueños" Antonin Artaud

Antonin Artaud (1926) - Biblioteca Nacionnal de Francia
Escritor, poeta, actor, dibujante, Antonin Artaud (1896-1948) fue uno de los grandes malditos del arte. Exigió y se exigió. Llevó a cabo una agotadora labor de autoexploración, una obsesiva búsqueda de la verdad intrínseca que le condujo a unos estados lamentables de locura y autodestrucción. Su leyenda está formada a partir de una existencia tan surrealista como trágica, así como por unos pocos libros que siguen siendo lecturas de referencia.
Este texto apareció en Cahiers du Sud nº 275, en 1946. Fue escrito por Antonin Artaud para un número especial sobre Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont. Luego fue recogido, en 1947, en "Suppôts et Supplications", el último volumen de escritos de Artaud. 


*

"Sí, tengo algunas confidencias que hacerle sobre el impensable Conde de Lautréamont, sobre esas cartas extravagantemente coercitivas, todos esos sombríos y conminatorios diktats de hierro que enviaba con tanta elegancia y el reconocimiento ameno a su padre, a su banquero, a su editor o sus amigos. Estas cartas son, ciertamente, extravagantes, la extravagancia estridente de un hombre que camina junto a su lirismo como a una llaga vengadora, impúdica, a su lado, a derecha o a izquierda.
No puede escribir una carta normal y corriente sin que sintamos esta trepidación epiléptica de un Verbo del que, sobre lo fuera que escriba, no puede hacer uso sin estremecerse.
De la Poesía, renacuajo de lo infinitamente pequeño, reclusa del verbo, Lautréamont hace, en cada carta, un cañón de artillería para expulsar el principio de la carne.
En una de ellas, no por los dos francos sino por el dos veces impalpable precio que tiene la poesía de Baudelaire para Lautréamont, le anuncia a un editor el envío del pago, dice, no de los sellos de correo, sino ensellos de correo, por el Supplément aux poemes de Baudelaire.* Si ese en que entraña, cayendo insistente en un humor subrepticio, las viñetas de los sellos, la divisa con que el libro será pagado, y lo entraña por medio de astillas-esquirlas del ser de una idea; si ese en, insertado allí como una voz de bajo, como la opinión de un ogro negro bajo la suela de un gran pie, no es sentido así por el lector, entonces no sería mas que la grosería contenida de una puta y la materia encarnada de un cerdo.
Algo parecido a un abismo, tótem de la inexpurgable bestialidad asentada (y la idea de que la belleza ha de sentarse, como dice Rimbaud.) La bestia que quiere refugiarse entre sus piernas impuras, los treinta denarios que vale el Poeta, no por sus poemas, por los ya hechos o los por hacer, sino por ese saco de sangre desencarnada que la noche apremia sin pausa y que va el domingo, de paseo, como todo buen burgués a losfortifs**; ese saco de influjos crepitantes que, en el pecho de un gran poeta, no duele mas que en otra parte, puesto que es allí, justamente, donde se nutre el burgués, – ese corazón que, estricta y obstinadamente, celosa y agresivamente, siempre endurece su actitud, osifica su incoercible postura. Cuando el burgués, hipócrita y despreciativo, conservador, narcotizado, alcancía de despreciativas certezas, no es, en realidad, sino una antigüalla en oferta, y aquel monito, el viejo monito de Ramayana, viejo escamoteador de toda pulsación de poesía-instante, instante de chisporrotear. “Pero eso no se hace, no, eso no se hace,” le dice al Conde de Lautréamont. Y no le entendemos con esta oreja (la oreja que es la caverna del ano) cuando su estrofa, esa estrofa, es la que todo burgués muy harto y muy abrigado de anti-estrofa, escamotea la poesía. Basta. Apégate a las normas.
“Tu corazón sufre el horror, pero eso no se ve. Y yo también, yo tengo un corazón de carne que siempre te ha necesitado – ¿Cómo es que no puede mirarte?” Pero Lautréamont no deja que lo detengan. “Déjeme,” dice a su editor, “ahora déjeme ir un poco más allá.” El más allá de la muerte que, sin duda, un día lúgubre, le llevó con él. Jamás hemos considerado con suficiente atención, insisto, el remordimiento, la muerte tan esquivamente corriente del impensable conde de Lautréamont.
Esa muerte que fue lo suficientemente anodina y prosaica como para que no tuviéramos ganas de mirar más de cerca el misterio de su vida. Ya que, a fin de cuentas, de qué murió exactamente el pobre Isidore Ducasse, sin duda genio irreductible del mundo, y del que habría que creer que el mundo ya no tenía necesidad después de Edgar Poe, de Baudelaire, de Gérard de Nerval o de Arthur Rimbaud.
¿La muerte es una enfermedad larga o corta? ¿Lo encontraron muerto en su cama al sol de la mañana? La historia dice simplemente, simple y siniestramente, que el dueño del hotel y el muchacho que le asistía firmaron el acta de defunción.
Para un gran poeta es un poco corta y un poco magra y tiene algo de cierta mezquindad; cierta vacilante trivialidad mezquina, que, en algún lado, hiede a innobleza; cuando un entierro de pacotilla, tan basto y tan vulgar, no concuerda con la vida de Isidore Ducasse, como sí concuerda, a mi juicio, demasiado bien, con lo simiesco de ese odio subrepticio que lleva a la necedad burguesa a escamotear a las grandes voces.
Pero qué asquerosa puta imbecilidad enraizada me llevó a pensar un día que si el conde de Lautréamont no se hubiera muerto a los veinticuatro años, al principio de su existencia, también habría sido internado como Nietzsche, Van Gogh o el pobre Gérard de Nerval.
Que la actitud Maldoror fuera acogida en un libro no se debe más que a la muerte del poeta, y cien años después, cuando las exigidas explosiones del corazón agitado del poeta tuvieron ya la oportunidad de sosegarse. Ya que de haber estado vivos ahora, serían demasiado fuertes. Es así como le han cerrado la boca a Baudelaire, a Edgar Poe, a Gérard de Nerval y al impensable conde de Lautréamont. Porque han tenido miedo de que su poesía saliera de sus libros y revirtiera la realidad… Y le han cerrado la boca a Lautréamont siendo muy joven con el fin de acabar rápidamente con la agresividad ascendiente de un corazón al que, con cada día, la vida indispone catastróficamente, y que a la larga habría acabado por llegar a todos lados, la cínica e insólita cautela de sus incansables despellejamientos.
“Y al pasar la linterna roja, dice el pobre Isidore Ducasse, ella le permite, por un módico precio, mirar en el interior de su vagina” ***
No es nada llamativo haber encontrado esta frase en Los Cantos de Maldoror y tampoco es llamativo que esté allí, ya que todo el libro no se compone mas que de frases atroces de esta índole. Sí, en Los Cantos de Maldoror, todo es atroz; la pantorilla de una desgraciada que aborta o el paso del último autobús. Todo es como aquella frase donde el conde de Lautréamont ve, y yo creo que es el pobre Isidore Ducasse quien vió mas que el conde impensable de Lautréamont, ve, decía, como un bastón traspasa las persianas cerradas de una habitación del más siniestro claque (claque, nombre argótico vulgar de burdel) y se da cuenta, al tomar al bastón por un extremo, que no es un bastón, sino un cabello caído de la cabeza de su amo, pan munificiente al que su dinero concede el derecho de triturar a una miserable sobre la epidermis de unos cuantos trapos, apropiados quizás en razón del billete, pero siempre nauseabundos como consecuencia de él.****
Yo digo que había en Isidore Ducasse un espíritu que quería siempre dejar caer a Isidore Ducasse en beneficio del impensable conde de Lautréamont, un nombre muy bello, un gran nombre. Y digo que la invención del nombre de Lautréamont, si le sirvió a Isidore Ducasse de contraseña para encubrir e introducir la magnificencia insólita de su obra, digo que la invención de ese patronímico literario, como un hábito que resguarde la vida, ha dado lugar, como una rebelión escondida debajo del hombre que lo produjo, a otro pasaje de una de esas tantas crasas porquerías colectivas de las que la historia de las letras está llena, y que ha causado que, a la larga, Isidore Ducasse huyera de la vida. Por lo que está bien que Isidore Ducasse haya muerto y no el conde de Lautréamont, cuando fue Isidore Ducasse quien dió al conde de Lautréamont algo de lo que sobrevivir, y poco más que eso, y diría incluso que nada más que eso, y que el conde impersonal, impensable de la héraldica Lautréamont, ha sido, frente a Isidore Ducasse, una manera de inextrincable asesinato.
Y creo que está bien que, a fin de cuentas, y el último día, haya muerto el pobre Isidore Ducasse, si el conde de Lautréamont pudo sobrevivirlo en la historia. Porque está bien que haya encontrado el nombre de Lautréamont. Porque cuando lo encontró, no estaba solo. Quiero decir que tenía a su alrededor, y en su alma, una floculación microbiana de espías, una babosa, acrimoniosa avalancha de los parásitos más sórdidos del ser, de los espectros antiguos del no-ser, un enjambre de innatas y oportunistas polillas que en su lecho de muerte le dijeron: “Nosotros somos el conde de Lautréamont, y tú no eres más que Isidore Ducasse, y si no reconoces que no eres más que Isidore Ducasse, y nosotros, el conde de Lautréamont, autor de Los Cantos de Maldoror, te mataremos.” Y murió, por la mañana, a orillas de una noche imposible. Agobiado y viendo su muerte como a través del orificio de una cerveza, el pobre de Isidore Ducasse frente al rico de Lautréamont.
Y eso no puede entenderse como una revuelta contra el amo, sino como la partuza del inconsciente, intérlope de todos, contra la consciencia aturdida de uno solo.
Insisto en este punto que Isidore Ducasse no era ni un alucinado ni un visionario, sino un genio que no dejó en toda su vida de ver claro cada vez que miraba y avivaba el erial del aún inutilizado inconsciente. El suyo, y ningún otro, ya que no hay en nuestro cuerpo puntos de contacto en que podamos encontrarnos con la consciencia de todos. Y en nuestro cuerpo estamos solos. Pero eso el mundo jamás lo ha admitido, y siempre ha querido preservar, en su cara externa, un medio por el cual ver más de cerca en la consciencia de todos los grandes poetas, y todo el mundo ha querido poder mirar a todos lados, con el fin de saber lo que hacían todos
Y un día, la gente, no los dignos del infinito, como Annabel Lee de Edgar Poe, sino las indignas polillas del ser, la roña de los roñosos de la envidia, vienen por debajo de su cama a decirle a Isidore Ducasse, a un lado de su cabeza, la cabeza en su lecho de muerte: “Eres un genio, pero yo soy ese otro genio que inspira tu consciencia, y soy yo quien escribe tus poemas en ti, antes de ti y mejor que tú.” Y así es que Isidore Ducasse muere de rabia, por haber querido, como Edgar Poe, Nietzsche, Baudelaire y Gérard de Nerval, conservar su individualidad intrínseca, en vez de convertirse en Hugo, Lamartine, Musset, Blaise Pascal o Chauteaubriand, el embudo del pensamiento de todos.
Ya que la operación no consiste en sacrificar su yo de poeta, y, luego, alienar a todo el mundo, sino en dejarse penetrar y violar por la consciencia de todo el mundo, de manera de que ya no podamos ser nada más en su cuerpo que siervos de las ideas y de las reacciones de todos.
Y el nombre de Lautréamont no fue mas que un primer medio, del que acaso Isidore Ducasse no se fíó lo suficiente, para apartar de sí, en beneficio de la consciencia general, las obras archi-individualistas de Isidore Ducasse, poeta encolerizado por la verdad.
Quiero decir que, en los limbos de la muerte que hoy habita, otras consciencias y otros yo como el suyo, se regodean, obscenamente sin duda, de haber participado en la emulsión creadora de sus poemas y sus gritos, y repelen las sutilezas lúgubres que, con la idea de encolerizarlo, quisieron sofocar y matar al poeta."

  Antonin Artaud


* En una carta de Lautréamont enviada a Poulet.Malassis, 21 de febrero de 1870: “Tendría Usted la bondad de enviarme Le supplément aux poèsies de Baudelaire. Le adjunto aquí dos francos en sellos de correo.”
** Fortifs son las viejas fortificaciones de París, muy poco habitadas luego de su destrucción en la guerra.
*** Artaud parafrasea fragmentos del tercer canto de Los Cantos de Maldoror (“(…) todas esas mujeres que cada día mostraban a todo aquel que entrase, a cambio de un poco de oro, el interior de sus vaginas.”)
**** Referencia a la segunda parte del tercer canto (episodio del cabello caído de la cabeza de Dios.)
Fuente: http://elblogdehelios.blogspot.com.es/2011/12/antonin-artaud.html


P.D.: "A brisa do coraçao" de Dulce Pontes y la música del entrañable Ennio Morricone




9 de abril de 2016

DIEZ LIBROS EN LA MALETA

"Se puede enseñar a leer. Se puede, incluso, y con horrendos resultados, obligar a leer. Pero el placer de leer se adquiere solo. Se ama o no se ama leer." M. Proust


En los últimos años, el terrorismo, las guerras y las convulsiones económicas obligaron a mucha gente a huir de sus países en busca de horizontes más seguros o promisorios. La mayoría huyen con lo puesto. Huir es una palabra que activa hondas e incontrolados anhelos en el subconsciente de quien se ve obligado a partir. Implica la existencia de un más allá que establece un límite entre lo alcanzado hasta ahora y la esperanza que se columbra del otro lado. Una pesadilla. La angustiosa idea de tener que huir de algo siniestro me ha llevado a reflexionar sobre este infortunio. Y otro dilema me asaltó: Si sólo hubiese capacidad en mi maleta para diez libros, ¿cuáles me llevaría al extranjero?
Sobra decir que la enumeración se rige sólo por el juicio arbitrario de una lectora apasionada. Adoro todos los libros que atesoro en mi biblioteca y me apena pensar en lo que debería dejar en casa.

✔Dos, serían de Oscar Wilde. Hubo un momento en mi vida que leer a uno de los mejores escritores ingleses fue para mí una especie de necesidad. Me llevo "De profundis" y "El retrato del señor W.H". Además de dramaturgo, poeta y narrador, Wilde fue un excelente ensayista.

✔Con las huellas del lápiz marcados en sus páginas. Vistas, leídas, releídas, dobladas una y otra vez, otro seguro, sería "Libro del desasosiego" de Fernando Pessoa. Paradojas vitales que se acercan al misterio de lo que supone la existencia.


✔Sigo. Los tres siguientes deben ser grandes novelas, la reina de la literatura. Es casi imposible elegir entre tantos textos excelentes que tengo a mano. Con el corazón en un puño, guardo "La montaña mágica" de Thomas Mann y "En busca del tiempo perdido" de Marcel Proust. El tercero lo hecho a suerte: lanzo, si sale cara me llevo "Las uvas de la ira" de John Steinbeck; si sale cruz, "El amante" de Marguerite Duras. La moneda cae. Hago trampa y meto uno en la maleta y el otro en mi mochila.


✔¡Ya gasté casi todo el espacio disponible! No puedo olvidarme de un recopilatorio de relatos. Opto por "Ficciones" de J. L. Borges. Su lectura es, sin duda, un goce intelectual.

✔Acabo de recordar una asignatura pendiente con el escritor Thomas Pynchon. ¡Demonios no lo leí pero me lo llevo! Incluyo pues, "Contraluz". Gran Parodia Socialista que -según la contraportada-abarca desde finales del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial. 

✔El último libro es la historia excepcional de John Kennedy Toole y su novela "La conjura de los necios", que ganó el Premio Pulitzer doce años después de la muerte de su autor. Un libro ideal para regalar a un amigo, sea lector voraz o no. 




PD.: He leído en Wikipedia que el estilo musical de Travis se basa en el concepto de que la canción es más importante que la banda. No estoy muy segura de entenderlo del todo pero su tema Side me encanta.


28 de marzo de 2016

CUENTOS, de Kjell Askildsen

“A escribir se aprende hablando con los que te leen” Gándara

Después de leer los cuentos de Kjell Askildsen no suena disparatado postular que el escritor ha obrado como una suerte de nexo entre las imaginerías desoladas de Carver y el pesimismo a ultranza del realismo sucio. Uno se va del libro con ánimo taciturno pero convencido de que ha recibido algo valioso.
Askildsen es uno de los maestros de la narrativa breve actual y, posiblemente, el más afamado autor noruego. Se sabe un hombre de pocas palabras. O mejor: de la descripción justa. Suena repetitivo apelar a la "short story" como característica, pero lo de Askildsen es eso antes que muchos. Es un artista del narrar y ha creado un estilo indeleble. Da voz a unos personajes que, a primera vista, no tienen mucho que ofrecer. Sujetos supuestamente insignificantes; un poco perdedores. Es literatura de la vida cotidiana, de lo que se conoce, de lo más próximo. 
Hay una violencia solapada que funciona como estrategia narrativa. Está en la conducta de sus protagonistas, en los detalles del espacio. Está en la cadencia de una prosa de frases cortas, precisas, que juega con la velocidad de los planos. Es la soledad, el drama íntimo, la incomunicación donde todo se potencia como baluartes de un sufrimiento y una densidad argumental. Y el lenguaje, en consecuencia, está conformado para transitar esa trama, recorrer sus resquicios y asomarse lo más posible a una verdad que se disfraza e invierte sus roles. Un axioma que no siempre salva. 
Son cuentos que no permiten desertar a la mitad. Recuerdan a los cuadros de Edward Hopper.
Ajedrez” está incluido en la antología de Cuentos, publicado por Lengua de Trapo.

*

El mundo ya no es lo que era. Ahora, por ejemplo, se vive más tiempo. Yo tengo ochenta y muchos, y es poco. Estoy demasiado sano, aunque no tenga razones para estar tan sano. Pero la vida no quiere desprenderse de mí. El que no tiene nada por qué vivir, tampoco tiene nada por qué morir. Tal vez sea ése el motivo. 

Un día hace mucho, antes de que mis piernas empezaran a flaquear seriamente, fui a visitar a mi hermano. No lo había visto desde hacía más de tres años, pero seguía viviendo donde fui a visitarlo la última vez. «Sigues vivo», dijo, aunque él era mayor que yo. Me había llevado un bocadillo y él me ofreció un vaso de agua. «La vida es dura -dijo-, no hay quien la aguante». Yo estaba comiendo y no contesté. No había ido allí a discutir. Acabé el bocadillo y me bebí el agua. Mi hermano miraba fijamente hacia algún punto situado por encima de mi cabeza. Si me hubiera levantado y él no hubiese desviado la mirada antes, se habría quedado mirándome directamente, pero sin duda la habría desviado. Mi hermano no se encontraba a gusto conmigo. O dicho de otro modo, no se encontraba a gusto consigo mismo cuando estaba conmigo. Creo que tenía mala conciencia o, al menos, no buena. Escribió una veintena de novelas muy largas, y yo sólo unas cuantas, y además breves. Está considerado como un escritor bastante bueno, aunque un poco grosero. Escribe mucho sobre el amor, sobre todo el amor físico, me pregunto dónde lo habrá aprendido.

Mi hermano seguía con la mirada clavada en algún punto situado por encima de mi cabeza, supongo que se sentía en su derecho por las veinte novelas que tenía en el fofo trasero. Me estaban entrando ganas de largarme sin decirle el motivo de mi visita, pero pensé que después de la caminata que me había dado sería de tontos, así que le pregunté si le apetecía jugar una partida de ajedrez. «Eso lleva mucho tiempo -dijo-, y yo ya no tengo mucho tiempo que perder. Podrías haber venido antes». Debí levantarme y largarme en ese momento, se lo hubiera merecido, pero soy demasiado cortés y considerado, esa es mi gran debilidad, o una de ellas. «No lleva más de una hora», dije. «La partida sí -contestó-, pero a eso habría que añadir la excitación posterior o el cabreo si la perdiera. Mi corazón, sabes, ya no es lo que era. Y el tuyo tampoco, supongo». No contesté, no tenía ganas de discutir con él sobre mi corazón, así que dije: «De modo que tienes miedo a morir. Vaya, vaya». «Tonterías. Lo que pasa es que mi obra aún no está concluida». Así de pretencioso estuvo, me entraron ganas de vomitar. Yo había dejado el bastón en el suelo, y me agaché a recogerlo, quería que dejara de presumir. «Cuando morimos, al menos dejamos de contradecirnos», dije, aunque no esperaba que entendiera el sentido de mis palabras. Pero él era demasiado soberbio para preguntar. «No ha sido mi intención herirte», dijo. «¿Herirme?», contesté levantando la voz. Era razonable que me irritara. «Me importa un bledo lo poco que he escrito y lo poco que no he escrito». Me puse de pie y le solté un discurso: «Cada hora que pasa, el mundo se libra de miles de tontos. Piénsalo. ¿Te has parado alguna vez a pensar en la cantidad de estupidez almacenada que desaparece en el transcurso de un día? Imagínate todos los cerebros que dejan de funcionar, pues es ahí donde se almacena la estupidez. Y sin embargo, todavía queda mucha estupidez, porque algunos la han perpetuado en libros, y así se mantiene viva. Mientras la gente siga leyendo novelas, ciertas novelas que tanto abundan, la estupidez seguirá existiendo». Y añadí, un poco vagamente, lo confieso: «Por eso he venido a jugar una partida de ajedrez». Permaneció callado un buen rato, hasta que hice ademán de marcharme, entonces dijo: «Demasiadas palabras para tan poca cosa. Pero les sacaré partido, las pondré en boca de algún ignorante». 

Exactamente así era mi hermano. Por cierto, se murió ese mismo día, y no es improbable que me llevara sus últimas palabras, pues me marché sin contestarle, y eso no debió de gustarle nada. Quería tener la última palabra y la tuvo, aunque supongo que hubiera querido decir algo más. Cuando recuerdo lo que se irritó, me viene a la memoria que los chinos tienen un símbolo en su grafía que representa la muerte por agotamiento en el acto sexual. 

Al fin y al cabo éramos hermanos.



Por Kjell Askildsen



P.D.: Me parece adecuado "Long as I can see the light" de Creedence Clearwater Revival



18 de marzo de 2016

GUARDADOR COMPULSIVO DE RECUERDOS, de María Paz "Fer"

“Todo lo que es fácil de leer es difícil de escribir, y viceversa” Stephen King


Borges opinaba que un escritor: "no olvida que hay un lector, un hombre silencioso cuya atención conviene retener, cuyas previsiones hay que frustrar, delicadamente, cuyas reacciones hay que gobernar y que presentir, cuya amistad es necesaria, cuya complicidad es preciosa". La hermosa sentencia calza perfecta en mi amiga bloguera Fer, editora del blog "A boca de jarro". La argentina escribe en silencio, sin tinta ni sobre papel. Lo hace con palabras propias, palabras que no son de nadie excepto suyas. Sus relatos, poemas o reflexiones a veces seducen, otras rasgan, impactan. Escribe con esa fuerza de la que se ha olvidado de los prejuicios. Es decir, escribe. Me gustaría, compartir una muestra del ecologismo de su retórica. El encanto de las quimeras.
*
"Guardaba el recuerdo de aquella casa paterna, de calles anchas y arboladas, donde había aprendido a andar en bicicleta empujado por los muchachones del barrio, en una garrafa de ginebra - la última que se había bajado su abuela antes de emigrar al otro mundo. Sus memorias de lugares significativos solía enfrascarlas así: en botellas panzonas y cristalinas para que gozaran de suficiente espacio y le permitieran espiarlas de vez en cuando. Si se trataba de sitios que le habían dejado un sabor amargo, como el recuerdo de su primer colegio de curas - que repartían hostias a diestra y siniestra como sustento de su cristiana pedagogía - prefería pequeñas ánforas de cerámica. Entonces no los veía, aunque lograba satisfacer su necesidad obsesiva de salvarlos del naufragio del olvido. Cuando las imágenes que deseaba conservar evocaban hazañas deportivas propias, su destino era un frasco de mermelada limpio y pelado, pero la impronta de los goles del Tigre Gareca que humillaron a los malogrados "quemeros"en la Final del 94, así como la de "La Mano de Dios" contra los ingleses de aquel glorioso 86 y la de Burruchaga contra los alemanes, días después, en la Final, las había conservado intactas, pegaditas al corcho de unas champañesas, para permitirse olerlas y embriagarse con ellas los domingos en los que no iba a la cancha.

A la llama de cada amor de juventud la mantiene viva, lógicamente, en un frasco de perfume: una fragancia evocadora para cada mujer, mientras que los recuerdos que atesora de su señora los coloca en pequeñas botellitas de heladeras de hotel, símbolo de lo caro que esta mujer le viene costando con los años. Las primeras monerías de su hijo varón y las corridas detrás de sus fiebres y descomposturas nocturnas las metió a presión en los envases de todas las Coca Colas que le compró, así como metió en envases de Fanta naranja los ataques de asma de la nena y su carita de desdicha el primer día de clases. Las gratas reminiscencias de sus contados viajes y de las buenas vacaciones familiares las mantiene en sifones de nariz respingada sobre la chimenea, para todo el que quiera pasar a ver, y las petacas que heredó de su abuela al morir finalmente de una terrible cirrosis, pobre vieja, las ha destinado a perpetuar el triste recuerdo de los ciento veinte días en los que estuvo sin trabajo después de aquel horrendo despido para una Navidad que no le ha hecho falta conservar en botella.

Vez pasada pasé a saludarlo por su cumpleaños. Había que andar de puntillas entre tanto cacharro. Sus recuerdos envasados ya se han apropiado de gran parte del espacio de circulación de la casa. Sirvió unos muy ricos de cuando éramos libres en las calles de Almagro en unas copas altas que parecían de degustación. Los tomamos con gusto, saboreando las masas finas que le llevé de regalo para acompañar. Últimamente le viene pasando que sirve sus recuerdos de las mismas botellas cada vez que lo voy a ver. Las memorias de la vuelta en la que estuvo internado por sus coronarias me las he convidado más de una vez en el último año, así como las de la muerte de su padre. Pero hay algo que realmente es admirable a su edad: su memoria inefable. Sabe exactamente a qué botella acudir y jamás se equivoca en el recuerdo que cada una sabe preservar. Y eso que ninguna botella tiene etiqueta. Ironías de la vida: la única etiqueta en esta historia es la que su médico ha colgado de él."

Fer


P.D.: "Gravity" de John Mayer.

11 de marzo de 2016

MUERTE DE SOLEDAD BARRETT. de Mario Benedetti

“Antes o después me quedaré sin palabras, ¿comprende? Todo el mundo tiene solamente cierto número de palabras dentro” P. Auster


La literatura hispanoamericana, acostumbrada a entretejer su universo estético con la convulsa materia prima de su historia, quedó a partir de los años setenta definitiva y profundamente atravesada por la conmoción del dolor, la ausencia y el exilio. El 8 de enero de 1973 moría asesinada en Recife (Brasil) Soledad Barrett Viedma -nieta del escritor y anarquista Rafael Barrett- con tan sólo 28 años. Encarnó la conciencia moral del Cono Sur del siglo XX y pagó caro los riesgos de sus compromisos. Quién le iba a decir a su abuelo que sus abrasivos escritos anticiparían el horror de la tortura y la represión que viviría en primera persona su nieta. Su brutal asesinato a manos de la policía brasileña -el cabo Anselmo, un infiltrado por el régimen militar y padre de su hijo no nato la entregó- causó una honda consternación entre las personas que la conocieron. Mario Benedetti le dedicó en su memoria el poema "Muerte de Soledad Barrett".


Viviste aquí por meses o por años
trazaste aquí una recta de melancolía
que atravesó las vidas y las calles

Hace diez años tu adolescencia fue noticia
te tajearon los muslos porque no quisiste
gritar viva Hitler ni abajo Fidel

Eran otros tiempos y otros escuadrones
pero aquellos tatuajes llenaron ele asombro
a cierto uruguay que vivía en la luna

y claro entonces no podías saber
que de algún modo eras
la prehistoria de ibero

Ahora acribillaron en Recife
tus veintisiete años
de amor templado y pena clandestina

Quizá nunca se sepa cómo ni por qué

Los cables dicen que te resististe
y no habrá más remedio que creerlo
porque lo cierto es que te resistías
con sólo colocárteles en frente
sólo mirarlos
sólo sonreír
sólo cantar cielitos cara al cielo

Con tu imagen segura
con tu pinta muchacha
pudiste ser modelo
actriz
miss Paraguay
carátula
almanaque
quién sabe cuántas cosas!

Pero el abuelo Rafael el viejo anarco
te tironeaba fuertemente la sangre
y vos sentías callada esos tirones

Soledad no viviste en soledad
por eso tu vida no se borra
simplemente se colma de señales

Soledad no moriste en soledad
por eso tu muerte no se llora
simplemente la izamos en el aire

desde ahora la nostalgia será
un viento fiel que hará flamear tu muerte
para que así aparezcan ejemplares y nítido
las franjas de tu vida

Ignoro si estarías
de minifalda o quizá de vaqueros
cuando la ráfaga de pernambuco
acabó con tus sueños completos

por lo menos no habrá sido fácil
cerrar tus grandes ojos claros
tus ojos donde la mejor violencia
se permitía razonables treguas
para volverse increíble bondad

y aunque por fin los hayan clausurado
es probable que aún sigas mirando
soledad compatriota de tres o cuatro pueblos
el limpio futuro por el que vivías
y por el que nunca te negaste a morir.


Mario Benedetti


Se ha publicado un excelente artículo 
de Uraniano Mota a Soledad Barret en Rebelión. Pinche aquí.


P.D.: Daniel Viglietti compuso la canción “Soledad