22 de mayo de 2020

EN CALIENTE, de Louis-Ferdinand Céline

"En el periodo más rabioso de la historia de Francia, puedo enorgullecerme de haber logrado al menos la unanimidad de los franceses en un punto: mi asesinato". Louis-Ferdinand Céline



Hay que reconocer que nunca se manejó bien en las artes sociales, pero hay constancias de que en alguna ocasión, Louis Ferdinand Céline intentó "guardar las formas", incluso con sus duelos verbales al estilo de: "Me gustaría establecer una alianza con Hitler(...) A él no le gustan los judíos... A mí tampoco... No me gustan los negros fuera de su lugar...No veo ninguna delicia en que Europa se vuelva completamente negra... No me haría ninguna gracia..." Ciertamente, el escritor sabía como hervir el agua a un grado centígrado. Y ésa era su gran virtud, pero a veces resulta peligroso desafiar a la sociedad.
Céline -curioso que el famoso misógino eligiera un seudónimo femenino para firmar sus libros- fue un escritor de firme posición política poseído por una rara forma de vocación. Un tipo de esos brillantes y controvertidos que se disputaron la escena literaria francesa durante la primera mitad del siglo XX, período en el que alcanzó enorme popularidad, pero que vio declinar con la misma celeridad su estrella por su filonazismo y antisemistismo. Docto pero fragmentario, mordaz pero vapuleador sin clemencia nadie como él ha sabido proferir tantos dicterios con tanta arrogancia. ¡Y cómo!: "Dos millones de boches campando por nuestro territorio nunca podrán ser peores, más saqueadores ni infames que todos esos judíos que nos revientan (...) Siempre y en todas partes, la democracia no es más que el biombo de la dictadura judía"..
Allá él. No obstante, sería una injusticia, limitar la crítica a este plano. A más de ser un personaje "en sí", Céline ha escrito alguno de los mejores libros de su época que lo sitúan entre nombres tan relevantes como Marcel Proust o Albert Camus. La importancia de "Viaje al fin de la noche" es tan inmensa como la del "Ulises" de Joyce. 
En 1948, Céline al enterarse de que Sartre, en "Retrato de un antisemita" (1945) -texto publicado en la revista francesa "Les Temps Modernes" y recogido más tarde en un volumen de Gallimard bajo el título "Reflexiones sobre la cuestión judía"- había escrito: "Si Céline pudo sostener las tesis socialistas de los nazis es porque le pagaron", escribió estas lisonjas como respuesta. Se lo envió a Jean Paulhan, que no lo publicó, y luego a Albert Parraz, que lo reprodujo al final de su libro "Le Gala des vaches", donde pasó desapercibido. Costeada por sus amigos, fue impresa una edición de 200 ejemplares. (P. Lanauve de Tartas, París, s. f).

"No leo mucho, no tengo tiempo. ¡Demasiados años perdidos en tantas tonterías y en prisión! Pero me presionan, me ruegan, me molestan. Es imperioso que lea, parece, una suerte de artículo, el Retrato de un antisemita, de Jean-Baptiste Sartre (Les Temps Modernes, diciembre 1945). Recorro esa larga tarea, le echo un vistazo, no es ni bueno ni malo, es nada, pastiche… “A-la-manera-de”… Ese enano de J.-B. S. leyó l’Etourdi, l’Amateur de Tulipes, etc. Quedó prendado, evidentemente, no sale más… ¡Siempre en la escuela este J.-B. S.! siempre con los pastiches, “A-la-manera-de”… También a la manera de Céline… y de muchos otros… “Putas”, etc. “Cabezas de recambio”… “Maïa”… Nada grave, por cierto. Arrastro en el culo una buena cantidad de esos “A-la-manera-de”… ¿Qué puedo hacer? Sofocantes, rencorosos, cagones, traidores, semisanguijuelas, semitenias, no me hacen ningún honor, no hablo nunca de ellos, eso es todo. Progenie de la sombra. ¡Decencia! ¡Oh! No le deseo ningún mal al enano J.-B. S. ¡Su destino ya es bastante cruel! Ya que se trata de una tarea, yo le habría dado con gusto siete de veinte y no se habría hablado más del asunto… ¡Pero en la página 462 el soretito me desconcierta! ¡Ah! ¡El maldito culón podrido! ¿Qué osa escribir? “Si Céline pudo sostener las tesis socialistas de los nazis es porque le pagaron.” Textual. ¡Epa! Eso es lo que escribía ese pequeño escarabajo mientras yo estaba en prisión corriendo gran peligro de que me colgaran. ¡Maldita lacra atiborrada de mierda, salís de mi culo y me ensuciás! Ano de Caín. ¿Qué querés? ¿Que me asesinen? ¡Es evidente! ¡Aquí! ¡Cómo te aplastaría! ¡Sí!… Lo veo en una foto… esos ojos grandes… esa tricota de crochet… esa babosa con ventosas… ¡es un cestodo! ¡Qué no inventaría este monstruo para que me asesinen! ¡No termina de salir de mi caca y ya me está denunciando! Lo más fuerte está en la página 451: “Un hombre que encuentra natural denunciar a los hombres no puede tener nuestra concepción del honor, incluyo a aquellos de los que él se vuelve benefactor, él no los ve con nuestros ojos, su generosidad, su dulzura, no son parecidas a nuestra dulzura, a nuestra generosidad, no podemos localizar la pasión”.
En mi culo, en donde se encuentra, no se le puede pedir a J.-B. S. que vea bien o que se exprese con claridad, J.-B. S parece sin embargo haber previsto el caso de la soledad y de la oscuridad en mi ano… J.-B. S habla evidentemente de sí mismo cuando escribe en la página 451: “Este hombre teme cualquier tipo de soledad, tanto la del genio como la del asesino”. Comprendamos qué quiere decir… Basándose en la fe de los semanarios J.-B. S no se ve sino como un genio. Por mi lado, y basándome en sus propios textos, me siento forzado a ver a J.-B. S como un asesino, e incluso mejor, como un maldito alcahuete, un repugnante, asqueroso, inmundo soplón, un cana con anteojos. ¡Ya me empiezo a embalar! No corresponde a mi edad, ni al estado en el que me encuentro… Iba a concluir ahí… asqueado, listo… Reflexiono… ¿Asesino y genial? Hay casos… Después de todo… ¿Será quizá el caso de Sartre? Asesino lo es, quisiera serlo, entendámonos, ¿pero genial? ¿La caquita que está en mi culo es genial? ¿Hum?… Vamos a ver… sí, cierto, eso puede hacer eclosión… dispararse… ¿pero J.-B. S? ¿Esos ojos de feto? ¿Esos hombros mezquinos? ¿Esa busardita? Tenia, seguro, tenia humana, ubicada donde ya saben… ¡y filósofo!… son demasiadas cosas… El liberó, parece, París en bicicleta. El jugó… en el Teatro, en la Ciudad, con los horrores de la época, la guerra, los suplicios, el hierro y el fuego. Pero los tiempos cambian, y hete aquí que crece, se infla enormemente. ¡J.-B. S! Ya no se domina… ya no se conoce… de embrión quiere convertirse en criatura… el ciclo… no tuvo suficientes jueguitos, suficientes engaños… corre detrás de las pruebas, las pruebas verdaderas… la prisión, la expiación, los palos, y el más grande de todos los palos: el Poste… La Maldición lo entretiene a J.-B. S… ¡las Furias! terminadas las bagatelas… ¡Quiere convertirse en un monstruo! ¡Ahora tira la bronca contra de Gaulle!
¡Qué manera! ¡Quiere cometer lo irreparable! ¡Lo logra! Las brujas van a volverlo loco, él vino a acicatearlas, ellas no lo soltarán jamás… Tenia de los soretes, falso renacuajo, ¡te vas a morfar la Mandrágora! ¡Te vas a convertir en súcubo! La enfermedad de la maldición evoluciona en Sartre… Vieja enfermedad, vieja como el mundo, en el que toda la literatura está podrida… ¡Reflexioná J.-B. S antes de seguir cometiendo errores irreparables! ¡Pensá! Date cuenta de que el horror no es nada sin el Sueño y sin la Música… Te veo bien como una tenia, pero no como una cobra, para nada una cobra… ¡sos nulo para la flauta! Sin música, sin sueños, Macbeth no es sino un Grand-Guiñol y malos días… Sos malvado, sucio, ingrato, rencoroso, cana, ¡pero J.-B. S es más que eso! Eso no es suficiente… ¡Todavía hay que bailar!… Me gustaría equivocarme, por cierto… No pido nada mejor… Iré a aplaudirte cuando al fin te hayas convertido en un verdadero monstruo, cuando hayas pagado, a las brujas, lo que hace falta, el precio para que te transmuten, para que te eclosionen en un verdadero fenómeno. En una tenia que toca la flauta.
Pero me rogaste mucho, a mí y a través de Dullin, de Denoël, ¡me suplicaste “bajo la bota” que descendiera a aplaudirte! Yo no veía que bailaras o flautearas, para mí eso es un pecado terrible, lo reconozco… ¡Pero olvidemos todo eso! ¡Pensemos en el futuro! ¡Tratá de que tus demonios te inculquen la flauta! ¡Primero la flauta! ¡Mirá a Shakespeare, colegial! ¾ de flauta, ¼ de sangre… ¼ es suficiente, te lo aseguro… ¡pero de la tuya! antes que de cualquier otra sangre. La Alquimia tiene sus leyes… la “sangre de los otros” no les gusta para nada a las Musas… Reflexionemos… Conseguiste un pequeño éxito en el “Sarah”, bajo la Bota, con tusMoscas… ¿Por qué no despachás ahora tres pequeños actos, rápidamente, de circunstancia, a las apuradas,Los Soplones? Pequeño desfile retrospectivo… Te vemos en persona, con tus amiguitos, enviando a tus compañeros odiados, a los llamados “Colaboradores”, a la cárcel, al poste, al exilio… ¿No es gracioso? Vos mismo, por supuesto, haciéndote fuerte gracias a tu texto, en el primer papel… como tenia bufona y filósofo… Es fácil imaginar cien funciones exitosas, peripecias y surgimientos de más farsas en el curso de una comedia de ese género… y luego en la escena final una de esas “Masacres Generales” ¡que producirá carcajadas en toda Europa! (¡Ya es hora!) ¡Lo más alegre de la época! ¡Cómo van a mear y cagar incluso en la 500ª!… ¡y mucho más lejos! (¡Mucho más lejos! ¡Je, je!) El asesinato de los “Signatarios”, ¡unos por otros!… vos mismo en manos de Cassou… ¡Cestuy en manos de Eluard! ¡el otro por su mujer y Mauriac! ¡y así siguiendo hasta el último!… ¡Te das cuenta! ¡La Apoteosis de la Hecatombe! ¡Sin olvidar la carne, por supuesto!… Gran desfile de chicas despampanantes, desnudas, contoneándose increíblemente de un lado a otro… orquestra del Grand Tabarin… Jazz de los “Constructores del Muro”… “Atlantist Boys”… premio asegurado… y la gran partuza de los fantasmas en una sobreimpresión luminosa… 200.000 asesinados, presidiarios, enfermos de cólera, indignos… ¡y colgados! ¡en corro! ¡un pedazo de Cielo! ¡Coro de los “Verdugos de Nuremberg”!… Y al tono le insuflás más-que-existencia, instantaneísmo, masacrismo… Clima de espasmos de agonía, ruidos de cólicos, de sollozos, de hierros… “¡Socorro!”… Fondo sonoro: “Máquinas de ¡Hurras!”… ¿Lo ves? Y luego, como atracción principal, en el entreacto: ¡Remate de esposas para presos! Y un Bar de sangre. El Bar futurista absoluto. ¡Sólo sangre verdadera! En vaso, cruda, certificada por los hospitales… ¡de esa misma mañana! ¡sangre de aorta, sangre de feto, sangre de himen, sangre de fusilados!… ¡Para todos los gustos! ¡Ah! ¡Qué futuro J.-B. S! ¡Qué maravillas vas a hacer cuando seas eclosionado! ¡Verdadero Monstruo! Ya te veo fuera del sorete, casi tocando la flauta, ¡una flautita verdadera! ¡qué encanto!… ¡ya casi un verdadero pequeño artista!"
Maldito J.-B. S
Traducción: Mariano Dupont

La fascinación que causa la lectura de cualquier de sus escrito, hasta el folleto más repulsivo, estriba en su flemática exhibición de estilo que -como todo lo que le atañe- opera como una metralladora desde el más pequeño guiño sintagmático hasta sus más obsesivas ideas. Ni siquiera la inmediatez de la muerte mitigó jamás el placer por una buena polémica. 

PD. I: Tras más de cuarenta años en los archivos de su abogado danés, Thorvald Mikkelsen, se editaron estas cartas en un recopilatorio bajo el título "Cartas en la cárcel". Corresponden a su período en la cárcel en Dinamarca acusado de haber colaborado con el gobierno de Vichy durante la ocupación nazi, un delito que entonces podía suponer la pena de muerte.


PD II: Hoy me he decantado por un poco de pop saturnino británico.  Side  de Travis. Dice la Wikipedia que su estilo musical radica en un único propósito, que la canción es más importante que la banda. Es una idea sugerente, aunque no estoy muy segura de haberlo entendido.



9 de mayo de 2020

UN DÍA MÁS CON VIDA, de Ryszard Kapuściński

"Este continente es demasiado grande para describirlo. Es todo un océano, un planeta aparte, todo un cosmos heterogéneo y de una riqueza extraordinaria. Solo por una convención reduccionista, por comodidad, decimos "África". En la realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe." Ryszard Kapuscinski

un dia mas con vida (2ª ed.)-ryszard kapuscinski-9788433973856Lo más importante que el lector debe saber es que se trata de Buen Periodismo, una categoría que, como lo prueba el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2003, frisa la mejor literatura. ¿Es necesario recordar que Ryszard Kapuściński (1932-2007) es uno de los referentes mundiales del periodismo? ¿O qué fue lo mejor que puede ser un escritor: un Gran Innovador? Convirtió su propia vida en una historia excepcional. Kapuściński nació en la ciudad polaca de Pinsk, hoy parte de Bielorrusia y pasó su infancia en Varsovia donde debió ver cosas que un niño jamás debería ver. Conoció la pobreza y fue un dechado de autodidactismo. Llegó a dominar seis idiomas. Estudió Historia pero se dedicó a su gran pasión: el periodismo. Nómada incansable, en su dilatada carrera presenció alzamientos, insurrecciones y fue condenado a muerte en cuatro ocasiones. Amó especialmente África y fue testigo presencial de unos hechos que suscitaron unas vivencias que le acompañarían a lo largo de su trayectoria humana y literaria. Autor de no pocos libros y artículos -traducidos a casi todas las lenguas- el mundo lo ovacionó.
"Los portugueses (...) necesitaban esclavos para venderlos, exportarlos al Brasil y al Caribe, o a cualquier otro lugar más allá del océano. De toda África, Angola fue la que más esclavos proporcionó a aquel continente. Por eso llaman a nuestro país la madre negra del nuevo mundo."
Europa Occidental, la mejor creación humana para gobernar y generar fortuna, tiene un costado sórdido: el colonialismo. En 1975 el reportero Ryszard Kapuściński aterrizó en el país para cubrir -como corresponsal de la Agencia Polaca de Prensa- el ocaso del yugo portugués, que se había convertido en el epicentro de la Guerra Fría. El suculento país africano -con su petróleo, sus diamantes, su café y su algodón- era un campo de batalla en el que tres grupos forcejeaban por su control: la URSS y Cuba apoyando al Movimiento para la Liberación de Angola (MPLA); Estados Unidos, Sudáfrica y el resto de sus aliados respaldando a los derechistas Frente Nacional para la Liberación de Angola (FNLA) y Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA).
Aquel pueblo estaba en plena ebullición. Angola, tierra de nadie y tierra querida por todos, buscaba un nuevo guión, nuevas banderas y nuevos líderes pero reencontrar sus raíces iba a ser un acto más que dramático. La administración heredada era inestable, por no decir inexistente. Las diferentes guerrillas que habían combatido ferozmente a los portugueses saciaban su odio y rencor minando y destruyendo la base de sustentación común; enfrentaban su propia corrupción a un pueblo sin referencia, de base multiétnica movidas por odios atávicos. El destino era irrevocable.
Angola, cambiará el destino de todo el continente.

"Nos enteramos cómo toda África contuvo la respiración para seguir la suerte que corre la heroica guarnición de Luso, que rodeada por innumerables hordas enemigas, decidió no ceder ni un pedazo de terreno. Nuestro espíritu jamás desfallece, nuestra voluntad de lucha es inquebrantable como el acero, no conocemos el miedo, no tememos la muerte y morimos ante los ojos del mundo, que nos contempla con admiración."
En 1976, antes de que la crítica estableciera que Ryszard Kapuściński era el mejor corresponsal de guerra, el reportero publicó esta gema. "Un día más con vida" era la excusa para decirle al mundo que la descolonización de ese turbulento dominio portugués había sido un desastre. El recorrido es fascinante. Como todo el mundo sabe, la reflexión sensata, bellamente expresada, es poco habitual. La experiencia le enseñó que la realidad personal se disuelve cuando el destino de los pueblos se dirimen con las armas. Consciente de su propia vulnerabilidad: "(...) A menudo nos vemos en situaciones en las que estamos seguros de que esa vez no vamos a escapar de las garras de la muerte. Y luego al siguiente día nos despertamos aliviados y decimos: bueno, ha sido un día más con vida (...)", afirmó en una entrevista para El Mundo.
"Todas las personas habían sido asesinadas y todas las aldeas incendiadas. Los causantes de todo aquello, al retirarse destruían todo vestigio de vida. Cabezas de mujeres arrojadas sobre la hierba de las cunetas."
A pesar del tiempo transcurrido, "Un día más con vida" sigue conservando una buena parte de su impacto y de su lacerante denuncia. Pero el reportaje es también escritura, literatura. La fuerza de la composición proviene no sólo de lo que dice, sino de cómo lo dice. Es lo suyo, un estilo sui generis, con un objetivo: llegar al alma de las cosas. Los detalles tienen sabor de lo vivido: jóvenes soldados sudan de calor y de miedo, no se sabe si son rivales o aliados; no hay nada más peligroso que un muchacho con un arma. Un saludo equivocado o apretar el obturador para sacar una instantánea pueden costarte la vida. Hay escenas que realmente cortan el aliento. Ninguna parcela humana queda incólume. 
El paso de la primera persona a la tercera omnisciente es delicado, casi imperceptible. Los personajes adquieren vida propia, superan la mera evocación histórica. En este aspecto, resulta conmovedor el testimonio de aquellos jóvenes obligados a subsistir en tierra de nadie, esperando a que mañana sea un día más con vida. El tono de la narración no carece de un punto de romanticismo. La subjetividad se mantiene fiel al realismo de la crónica. La Carlota que le pidió «Asegúrate de que no nos olviden» es fascinante, como seguramente lo fue la chica de carne y hueso.
"Carlota apareció con una metralleta al hombro y aunque llevaba un uniforme de paracaidista demasiado grande, se podía adivinar que tenía una gran apostura. (...) A pesar de sus tan solo veinte años, Carlota se había convertido ya en una leyenda. (...) Pero Carlota conocía esta guerra mejor que nosotros, sabía que se acercaba el crepúsculo, la hora habitual del ataque, y que más valía cubrir nuestra salida desde el terreno, cosa de la que se encargaría en persona. Este debió de ser el motivo de su decisión. O al menos eso creemos adivinar ahora, cuando ya es demasiado tarde."
Hay un anhelo por guiar al lector, por fijar una trinchera respecto a los grandes acontecimientos históricos y los asuntos sociales más lacerantes. La inteligencia, la sensibilidad y el sentido común se alternan en el timón. En su conjunto conforman una agudísima reflexión sobre los engranajes de poder: La finalidad de cualquier guerra ha sido la conquista territorial y la conquista del enemigo estatal, ahora el objetivo es otro; la batalla está basada, principalmente, en una lucha de poder y de control por los recursos naturales del país.
El resultado final es el testimonio: de un tiempo, de los personajes que lo poblaron y del periodista que vivió ese tiempo.
Sin duda el libro no tiene rival en ambición y alcance.



P.D: "Os bravos" de José Afonso, más conocido como Zeca Afonso.


P.D. 1: Artur Domoslawski publicó una biografía "Kapuscinski Non-Fiction" (no autorizada) tras su muerte, desmitificando la brillante carrera Kapuscinski y cuestionando la veracidad de sus vivencias. Puede...pero el genio es un don rarísimo, aflora donde uno menos se lo espera; y no depende de talleres ni de títulos universitarios.


P.D.2: El libro inspiró en 2018 una animación-documental "Un día más con vida" dirigido por Raúl de la Fuente y Damian Nenow, que obtuvo el Premios Goya a la mejor película de animación entre otros.

25 de abril de 2020

PANDEMIA (SUBRAYADOS), de AA. VV.

"La fuerza natural dentro de cada uno de nosotros es el mayor sanador de todos." Hipócrates

Peste negra, la gran pandemia del siglo XIV de la que podemos aprender una lección
"El triunfo de la muerte" de Pieter Brueghel el Viejo - Museo del Prado (Madrid)

Considerando lo común que es la enfermedad, he sucumbido al inútil placer de confeccionar una lista dedicada a novelas sobre epidemias. Es un buen pasatiempo para estos días de confinamiento. Anoté sólo diez (se aceptan sugerencias). Son todas magníficas y corroboran una creencia que defiende este blog: no hay categorías literarias superiores o inferiores, sino magníficos o mediocres autores.

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"–En el curso de las siguientes veinticuatro horas se supo que se había declarado un caso en Chicago, otra gran ciudad. Y, el mismo día, corrió la noticia de que Londres, la mayor ciudad del mundo después de Nueva York y Chicago, luchaba en secreto contra aquel mal desde hacía ya dos semanas. Las noticias habían sido censuradas... Quiero decir que se había impedido que circularan por el resto del mundo.(...)–Lo que resultaba inquietante, sin embargo, era la rapidez prodigiosa con que aquel germen destruía a los humanos, y también el hecho de que la persona atacada por él muriera infaliblemente. Ni un solo caso de curación. En otros tiempos ya se había conocido la fiebre amarilla, una vieja enfermedad que tampoco resultaba nada apacible. Por la noche, cenaba uno con una persona que gozaba de buena salud, y, la mañana siguiente, si uno se levantaba lo bastante temprano, veía pasar el coche fúnebre que se llevaba al convidado de la víspera.–La nueva peste era todavía más expeditiva. Mataba mucho más aprisa. A menudo no transcurría ni una hora entre los primeros síntomas de la enfermedad y la llegada de la muerte. Había casos en que el atacado resistía varias horas; pero había otros en que todo terminaba en diez o quince minutos de las primeras señales.–Lo primero era que el corazón latía aceleradamente, y que aumentaba la temperatura corporal. Luego, una erupción de color rojo intenso se extendía como una erisipela por la cara y el cuerpo. Mucha gente no se daba cuenta de la aceleración de los latidos ni de la elevación de la temperatura, y sólo recibía la advertencia en el momento en que se manifestaba la erupción.–Ordinariamente, esta primera fase de la enfermedad parecía acompañada de convulsiones; pero no parecían graves, y, cuando cesaban, aquel que las había superado volvía de repente a un profundo estado de calma. Entonces lo invadía una especie de entumecimiento que subía a partir del pie y del talón, alcanzaba la pierna, las rodillas, los muslos, el vientre, y seguía subiendo. En el instante mismo en que llegaba al corazón se producía la muerte.–Ningún malestar ni delirio acompañaban ese entumecimiento progresivo. La mente permanecía clara y activa, hasta el momento en que el corazón se paralizaba y dejaba de latir. Otro detalle no memos sorprendente era la veloz descomposición de la víctima después de la muerte. Mientras uno la miraba, su carne parecía desagregarse, reducirse a pulpa."
Jack London, La peste escarlata (1912)

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"(22 de octubre de 1918) La gripe continúa matando implacablemente a la gente. En estos últimos días he tenido que asistir a diversos entierros. Eso, sin duda, hace que empiece a sentir una mengua de emoción ante la muerte ―que sentimientos reales y auténticos se me transformen en una especie de rutina administrativa. Nuestros sentimientos están siempre afectados por lo poco o por lo mucho ―son de una movilidad indecente. Aunque sólo fuese por esta razón, convendría que este escándalo de la patología tuviese un fin ―que la gripe no matase a nadie más. (...)(6 de diciembre) Por la tarde trato de llegar al mas. Por el camino me siento muy constipado, incómodo y me pasan unos escalofríos por la espalda gélida. Reculo. Tengo un momento de miedo. Será la gripe ―pienso; si lo es, la muerte es ineluctable. En el momento de dar la vuelta, contemplo un momento el pueblo de Pals, siempre tan bello, puesto sobre la colina: sobre las viejas piedras doradas había, suspendida, una ligera niebla azulada tocada de escurriduras violeta y malva, muy diluidas, como una digitación vaga. En casa, tomo un gran bol de leche caliente con un chorro de coñac. En la cama, la reacción se produce rápida."
Josep Pla, El cuaderno gris (1966)

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"Como todo mundo sabe, en el interior de una gallina hace calor. Cuarenta y dos grados. Mucho más caliente que en el interior de una oveja, protegida por su lanita.
Pasteur, a base de enfilar el termómetro aquí y allá, por cloacas y anos, fue el primero en constatar que la temperatura elevada de ciertas aves impide a los virus desarrollarse en ellas. Si se le inocula el carbunco de la oveja a una gallina, a ella le da lo mismo y se ríe. Le hace cosquillas. Si se la introduce en una bañera de agua fría, deja de hacerse la lista y muere de carbunco. Si a la gallina mojada se la saca a tiempo, contrae la enfermedad pero se cura sola, bate las alas para calentarse mientras insulta al auxiliar de laboratorio. Yersin decide probar con la paloma.
La paloma es algo así como la rata del cielo, una rata a la que se le hubieran atornillado unas alas antes de pintarla de gris."
Patrick Deville, Peste y cólera (2012)

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"El primer caso de polio de aquel verano se produjo a comienzos de junio, poco después del Día de los Caídos, en un barrio italiano pobre que estaba en el otro extremo de la población donde nosotros vivíamos. En el ángulo sudoeste de la ciudad, en el barrio judío de Weequahic, apenas nos enteramos, como tampoco oímos hablar de la siguiente serie de casos desperdigados por casi todos los barrios de Newark excepto el nuestro. Hubo que esperar a la festividad del Cuatro de Julio, cuando ya se habían registrado cuarenta casos en la ciudad, para que en la primera plana del periódico vespertino apareciera una noticia titulada «Las autoridades sanitarias alertan a los padres sobre la polio», donde se citaba al doctor William Kittell, inspector del Consejo de Sanidad, quien había prevenido a los padres para que observaran detenidamente a sus hijos y, en caso de que un niño mostrara síntomas como dolor de cabeza, garganta irritada, náuseas, rigidez de cuello, dolor en las articulaciones o fiebre se pusieran en contacto con el médico. Aunque el doctor Kittell reconocía que cuarenta casos de polio eran más del doble de los que solían producirse al comienzo de la temporada, quería dejar claro que aquella ciudad de 429.000 habitantes en modo alguno sufría lo que podría considerarse una epidemia de poliomielitis. Aquel verano, como todos, había motivos de preocupación, y era necesario adoptar las medidas higiénicas apropiadas, pero aún no había razones para que cundiera la alarma que, veintiocho años atrás, habían mostrado los padres durante el brote más largo de la enfermedad jamás producido: la epidemia de polio de 1916 en el nordeste de Estados Unidos, cuando se habían dado más de 27.000 casos y 6.000 fallecimientos. En Newark había habido 1.360 casos y 363 muertes."
Philip Roth, Némesis 
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"Un hombre de una villa austríaca, que había ido a pasar unos días en Venecia, había muerto en su tierra, al volver, mostrando síntomas indudables. De este modo habían llegado a la Prensa alemana las primeras noticias de la peste. Las autoridades de Venecia respondían que nunca había sido más favorable el estado sanitario de la ciudad, y tomaban las medidas más necesarias para combatir el mal. Pero podían estar infectados los alimentos; las legumbres, la carne, la leche. La peste, negada y escondida, seguía haciendo estragos en las callejuelas angostas, mientras el prematuro calor del verano, que calentaba las aguas de los canales, favorecía extraordinariamente su propagación. Hasta se hubiera dicho que la peste había recibido nuevo alimento, duplicado la tenacidad y fecundidad de sus bacilos. Los casos de curación eran raros. De cien atacados, ochenta morían del modo más horrible; pues el mal aparecía con extraordinaria violencia, presentándose casi siempre en la más terrible de sus formas: la seca. El cuerpo no podía siquiera expulsar las grandes cantidades de agua que salían de los vasos sanguíneos. A las pocas horas, el enfermo moría ahogado por su propia sangre, convertida en una sustancia pastosa como pez, en medio de espantosas convulsiones y roncos lamentos. Podía considerarse feliz aquel en quien, como sucedía a veces, el ataque, después de un malestar ligero, se le producía en forma de un desmayo profundo, del que ya nunca, o rara vez, despertaba. Desde principios de junio, se habían ido llenando silenciosamente las barracas aisladas del hospital civil. En los dos hospicios empezaba a faltar sitio, y había un movimiento inmediato hacia San Michele, la isla del cementerio. Sin embargo, el temor a los 41 perjuicios que sufriría la ciudad, las consideraciones a la Exposición de cuadros que acababa de inaugurarse, a los jardines públicos y a las grandes pérdidas que el pánico podía producir en hoteles, comercios y en todos los que vivían del turismo, pudieron más en la ciudad que el amor a la verdad y el respeto a los convenios internacionales. Las autoridades siguieron, pues, tercamente su política de silencio y negación. El funcionario sanitario superior en Venecia, una persona honrada, había dimitido lleno de indignación, siendo remplazado inmediatamente por otra persona menos escrupulosa y más flexible."
Thomas Mann, La muerte en Venecia (1912) 

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"En el Moridero pareciera que el mal atacara por oleadas. Hay temporadas en que el salón está vacío por completo. Esto sucede después de que todos los huéspedes mueren en un breve periodo de tiempo y no aparecen nuevos enfermos para reemplazarlos. Pero pese a todas las predicciones, esas épocas no son muy duraderas y nuevamente los futuros huéspedes tocan a la puerta del salón. Con una sola ojeada puedo predecir cuánto tiempo de vida tienen por delante. La actitud con la que llegan varía de acuerdo con su carácter. Casi todos están desesperados, pero algunos muestran signos de luz a pesar todo. Otros están derrotados por completo y a duras penas pueden mantenerse en pie. Una vez recluidos, yo me encargo de ponerlos a todos en un mismo estado de ánimo. Después de unas cuantas jornadas de convivencia logro establecer la atmósfera idónea. Se trata de una situación que no sabría cómo describir con propiedad. Logran el aletargamiento total, donde no le cabe a ninguno la posibilidad de preguntarse por sí mismo. Éste es el estado ideal para trabajar. Así nadie se involucra con ninguno en especial y se hacen más ligeras las labores.[…]Algunas veces muchachos jóvenes y vigorosos tocaron a las puertas. Aseguraban que estaban contagiados e incluso algunos llevaban consigo los resultados de los análisis que lo certificaban. Viéndolos en aquellas condiciones físicas era fácil imaginárselos semidesnudos, realizando ejercicios corporales o faenas en el mar. Nadie hubiera podido pensar que la muerte ya los había elegido. Aunque sus cuerpos estaban intactos, sus mentes ya habían aceptado la pronta desaparición. Querían ser huéspedes del Moridero. Se ofrecían incluso para ayudarme en la regencia. Yo tenía que sacar la misma vehemencia que mostraba frente a las mujeres que pedían hospedaje y decirles que regresaran meses después. Que no volvieran a tocar las puertas sino hasta cuando sus cuerpos estuvieran irreconocibles. Con achaques y la enfermedad desarrollada. Con esos ojos que yo ya reconocía. Sólo cuando no pudieran más con sus cuerpos les sería permitido entrar al Moridero. Sólo entonces podían aspirar a la categoría de huéspedes. Sólo entonces se ponían en juego las reglas que había ideado para el correcto funcionamiento del salón. Era sorprendente ver que ese tipo de huésped, el que había tocado la puerta sano para ser rechazado después, era el más agradecido con los cuidados. Incluso muchos elogiaban los acuarios, aunque dentro de las aguas no hubiera ya nada que llamara la atención."
Mario Bellatin, Salón de belleza (1994)

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"Al día siguiente de la conferencia, la fiebre dio un pequeño salto. Llegó a aparecer en los periódicos, pero bajo una forma benigna, puesto que se contentaron con hacer algunas alusiones. En todo caso, al otro día Rieux pudo leer pequeños carteles blancos que la prefectura había hecho pegar rápidamente en las esquinas más discretas de la ciudad. Era difícil tomar este anuncio como prueba de que las autoridades miraban la situación cara a cara. Las medidas no eran draconianas y parecían haber sacrificado mucho al deseo de no inquietar a la opinión pública. El exordio anunciaba, en efecto, que unos cuantos casos de cierta fiebre maligna, de la que todavía no se podía decir si era contagiosa, habían hecho su aparición en la ciudad de Oran. Estos casos no eran aún bastante característicos para resultar realmente alarmantes y nadie dudaba que la población sabría conservar su sangre fría. Sin embargo, y con un propósito de prudencia que debía ser comprendido por todo el mundo, el prefecto tomaba algunas medidas preventivas. En consecuencia, el prefecto no dudaba un instante de la adhesión con que el vecindario colaboraría en su esfuerzo personal.[...]Había examinado al viejo y ahora se encontraba sentado en medio de aquel comedor miserable. Sí, tenía miedo. Sabía que en el barrio mismo, una docena de enfermos esperarían al día siguiente retorciéndose con los bubones. Sólo en dos o tres casos había observado alguna mejoría al sacarlos. Pero para la mayor parte el final era el hospital y él sabía lo que el hospital quería decir para los pobres. "No quiero que les sirva para sus experimentos", le había dicho la mujer de uno de sus enfermos. Pero no servía para experimentos, se moría y nada más. Las medidas tomadas eran insuficientes, eso estaba bien claro. En cuanto a las "salas especialmente equipadas", él sabía lo que eran dos pabellones de donde había desalojado apresuradamente a otros enfermos; habían puesto burlete en las ventanas, los habían rodeado con un cordón sanitario. Si la epidemia no se detenía por sí misma, era seguro que no sería vencida por las medidas que la administración había imaginado." 
Albert Camus, La peste (1947)

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"En casa de Jia Genzhu se preparaban para festejar por todo lo alto la boda de un hermano menor, una ocasión sin duda dichosa. Jia Genbao padecía también la enfermedad de la fiebre, pero los vecinos de la aldea Ding se pusieron de acuerdo y defendieron ante todo forastero su salud de hierro y apetito voraz. Finalmente lograron engatusar a una joven sana de otro pueblo, que accedió a casarse con él en unos días. La familia quería celebrar un gran banquete con una decena de mesas, pero las conocidas como mesas de los ocho inmortales, que podían acomodar tal número de comensales y de las que toda familia disponía en el pasado, se habían utilizado para fabricar ataúdes."
Yan Lianke, El sueño de la aldea Ding (2013)
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"—No seas necia —exclamó Raymond airadamente—. ¿Tú también te dejas invadir por el pánico, como mis valientes soldados? Dime, te lo ruego, qué tiene de inexplicable algo que no es sino un hecho natural. ¿Acaso no visita la peste todos los años la ciudad de Estambul? ¿Qué asombro puede causar que en esta ocasión, cuando, según se nos dice, se ha producido con una virulencia sin precedentes en Asia, haya ocasionado estragos redoblados en la ciudad? ¿Qué asombro puede causar que, en tiempos de asedio, escasez, calor extremo y sequía, se haya cebado especialmente en la población? Y menos asombro aún despierta que la guarnición, sin poder resistir más, se haya aprovechado de la negligencia de nuestra flota para huir prontamente de nuestro asedio y captura. ¡No es la peste! ¡Por Dios que no lo es! No es la plaga ni el peligro inminente lo que nos lleva a abstenernos de hacernos con una presa fácil, como las aves que, en tiempo de cosecha, se asustan ante la presencia de un espantapájaros. Es vil superstición. Y así, la meta de los valientes se convierte en vaivén de necios; la noble ambición de personas elevadas, en juguete de esas liebres domesticadas. ¡Pero Estambul será nuestra! Por mis empeños pasados, por la tortura y la cárcel que por ellos sufrí, por mis victorias, por mi espada, juro —por mi esperanza de fama, por mis antiguas renuncias que ahora esperan recompensa—, juro solemnemente que estas manos plantarán la cruz en esa mezquita."
Mary Shelley, El último hombre (1826) 

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"El espíritu de contradicción y pelea, de difamación y vituperación, que ya antes había sido el gran perturbador de la paz de la nación, no cesó al mismo tiempo que la infección y no fue, por cierto, el menor de nuestros infortunios. Se decía que los restos de las antiguas animosidades era lo que nos había hundido a todos en el desquicio y la sangre. Entonces el gobierno recomendó paz a las familias y a los individuos, en todo el país y en toda ocasión. Pero nada. Tras la peste de Londres, quien hubiera visto la situación en que acababan de hallarse los habitantes, y lo tiernos que se habían vuelto éstos entre sí, prometiéndose que en el futuro sólo caridad tendrían y no se dirigirían más reproches, ese alguien, digo, habría pensado que por fin reinaría entre todos otro espíritu. Pero no fue posible. Las rencillas subsistieron. La Iglesia y los presbiterianos eran incompatibles. Tan pronto como la peste se acabó, los ministros católicos echaron afuera a los disidentes que habían ocupado el púlpito por ausencia de los titulares. Ninguna otra cosa podían esperar los disidentes de los católicos que verlos caer sobre ellos y aplastarlos bajo sus leyes penales; mientras estuvieron enfermos, aceptaron sus prédicas, pero ahora, ya sanos, volvían a perseguirlos."[...]"Estamos en que, como he dicho, la peste se desató y los magistrados comenzaron a pensar seriamente en el estado de la población. Sobre qué hicieron por el bien de los habitantes y de las familias infectadas, dejaré que hablen los hechos mismos. Pero en lo que se refiere a la salud pública, conviene señalar aquí que, viendo la estupidez del populacho que corría hacia la locura detrás de curanderos, charlatanes, brujos y adivinos, el Lord Mayor, un caballero muy sobrio y religioso, designó médicos y cirujanos para aliviar a los pobres –quiero decir a los enfermos pobres–, y en especial ordenó al Colegio de Médicos la publicación de instrucciones acerca de remedios baratos para todas las instancias de la enfermedad. La verdad es que esta fue una de las cosas más caritativas y juiciosas que se pudieron hacer en aquel tiempo, pues contribuyó a que la gente no se agrupara frente a las puertas de los dispensadores de recetas, y a que no tomara ciegamente y sin consideración pócimas que daban purga y muerte en lugar de vida."[...]No se supondrá que menoscabo la autoridad o la capacidad de los médicos, cuando digo que la violencia de la enfermedad, al llegar a su clímax, fue como la del fuego del año siguiente. El fuego, que consumió todo lo que la peste no había podido tocar, desafió a todos los remedios: las bombas de incendio se rompieron, los cubos fueron desechados, y el poder del hombre se vio desbaratado y arrojado a su fin. Del mismo modo, la peste desafió toda medicina; hasta los médicos fueron atrapados por ella, con sus protectores sobre la boca; deambulaban prescribiendo a otros e indicándoles qué hacer, hasta que las señales los alcanzaban y caían muertos, destruidos por el enemigo contra el que batallaban en los cuerpos de otros. Tal fue el caso de varios médicos, entre los que se contaran algunos de los más eminentes, y el de varios de los cirujanos más hábiles. También perecieron muchos curanderos que cometieron la tontería de confiar en sus propias recetas, cuya ineficacia necesariamente deberían conocer; como a otros ladrones, conscientes de su culpabilidad, les hubiera convenido más huir de la justicia, sabiendo que solo podían esperar un castigo acorde con sus merecimientos." 
Diario del año de la peste, de Daniel Defoe (1722) 


Las citas de textos aquí realizadas tienen como único fin la divulgación literaria. Fueron tomadas de las obras literarias de sus correspondientes autores y/o titular.


PD: "Nessun Dorma" de Puccini, interpretada por Andrea Bocelli


3 de abril de 2020

CAMBIO DE RUMBO, de Klaus Mann

“No hay mayor angustia que llevar una historia no contada dentro de ti” Maya Angelou

"Cambio de rumbo. Crónica": Klaus Mann. Ed. Alba Editorial S.L.
A veces con sólo leer las dos o tres primeras líneas de un libro, uno sabe que va a ser imposible soltarla. Es una intuición instantánea: como el amor a primera vista:

"Los recuerdos están hechos de un material muy extraño, son engañosos y a pesar de ello acuciantes, poderosos e imprecisos. No podemos confiar en el recuerdo, y sin embargo no existe otra realidad que la que llevamos en la memoria. Cada instante que vivimos debe su sentido al que le antecede. El presente y el futuro serían insustanciales si se borrara de nuestra conciencia la huella del pasado. Entre nosotros y la nada se alza nuestra capacidad de recordar, sin duda un baluarte problemático y frágil."

Las historias se pueden contar de muchas formas, pero sólo se pueden enfrentar los conflictos de una: de frente. Y de forma inteligente, claro.
En "Cambio de rumbo. Crónica de una vida" el autor acomete un ejercicio de introspección que nos permite descubrir una vida intensa y compleja. Una mirada para establecer vínculos con otras dimensiones de la realidad, pero, sobre todo, para salvar de la amnesia una historia poderosa que desciende al bajo fondo de una existencia que se diluyó en la escritura y que sólo puede rescatarse en el silencio de nuestra lectura. 
Si bien no alcanzó la relevancia literaria de su progenitor, se relacionó con toda la intelectualidad europea. Fue un hombre dotado para el arte. También para la autodestrucción. Dio la vuelta al mundo; estrenó sus propias obras de teatro y disfrutó -sin tapujos- del amor de hombres y mujeres. Vivencias que consideró suficientes para nacer a partir de su propia memoria. 
No es fácil ser hijo de un genio. La vida es una comparsa que de cierta forma le pasó factura, y se lo cobró caro, con la desesperación que siempre cuesta rastrear una identidad, aferrarse a algo que haga las veces de andamio en la construcción maciza del yo. El abandono afectivo no cayó en saco roto.

"A pesar de todo mi padre seguía siendo fiel a su viejo principio pedagógico que consistía en no inmiscuirse y ejercer su influencia indirectamente con el ejemplo de su propia dignidad y su disciplina. (...) La política ocupaba un lugar secundario en mi drama personal, mi interés primordial seguían siendo los aspectos mórbidos de la existencia, el placer, la muerte, el éxtasis, la soledad, los anhelos insaciables y las intuiciones creativas."

Vivir en una época determinada es un acto inevitable; vivir consciente de las determinaciones de una época es un acto de fé. klaus había sido "preparado" para un mundo que ya no existía a la hora de medirse con él. Un mundo -que no había enterrado aún a sus muertos, pero que ya redactaba contratos que le permitirían liberarse de sus remordimientos con nuevas matanzas" en el que se agitaba un monstruo de muchas cabezas que aguardaba la ocasión para salir de su encierro y arrasar la confortable casa en la que la familia burguesa creía sentirse tan segura- (Márai)
Resulta inspirador comprender que la causa nacionalsocialismo prosperó gracias a una generación ofuscada por el retintín histórico de la Gran Guerra, y cuyas primeras reivindicaciones iban en un sentido completamente opuesto. La familia Mann en pleno pasa al exilio. 

"El aquelarre de la inflación se había esfumado; ahora nos teníamos que acostrumbrar de nuevo a la vida cotidiana de los números y del estilo de vida modestos. En el ambiente flotaba un aire de desencanto y de resaca, pero también había una especie de confianza razonable y mesurada, un sentimiento de comienzo, de nueva obligación, de nueva oportunidad. La terrible experiencia reciente tenía los efectos de una cura de choque.(...) El pueblo alemán por fin sabía a qué atenerse."

Su densidad intelectual convierte a la lectura en una tarea apasionante. Subyace una forma de respirar. Maneja el pasado con cuidado. Ni la emigración ni la guerra le liberaron de sus obsesiones íntimas. Preguntas, recuerdos y reflexiones nos llegan como flashes. De menos a más, de tibios a hirvientes. Una incomodidad graduada que provoca sobresaltos de diferente rigor. A menudo las calificaciones verbales ocultan significados opuestos al que pretenden expresar y las afirmaciones revelan deseos muy alejados de la realidad. En esos ensimismamientos, cuando la incertidumbre puede más que el convencimiento, emergen tal vez los mejores momentos del libro. 

"Estoy cansado de todos los clichés, de todos los trucos literarios. Estoy cansado de todas las máscaras, de todas las mañas que sirven para disfrazarse. ¿Es del arte en sí mismo de lo que estoy cansado? Yo me quiero confesar".

Mann hijo, fue el resultado de dos heridas: la genialidad de su padre y el exilio. Hubo una tercera, voluntaria, que consistió en su propia disolución. El 22 de mayo de 1949, en un hotel de Cannes, Klaus Mann se suicidaba tomando un frasco de barbitúricos. Nada sorprendente en quien escribió: 

"He perdido más amigos por suicidio que por enfermedad, crimen o accidente". 

Una lectura testimonial muy recomendable.


P.D: Pentatonix: "Halleluya"

31 de julio de 2016

"ÉTICA NICOMÁQUEA- ÉTICA EUDEMIA" (SUBRAYADOS), de Aristóteles

"El bien es aquello hacia lo que todas las cosas tienden" Aristóteles


¿Qué buscamos? ¿Por qué hacemos todo lo que hacemos? ¿Qué es la felicidad? Aristotéles dedica toda su "Ética a Nicómaco" para explicárnoslo.

"Todo arte y toda investigación e, igualmente, toda acción y toda elección parecen tender hacia algún bien; por esto se ha manifestado, con razón, que el bien es aquello hacia lo que todas las cosas tienden."
"Puesto que todo conocimiento y toda elección tienden a algún bien, volvamos de nuevo a plantearnos la cuestión: cuál es el bien supremo entre todos los que pueden realizarse. Sobre su nombre, casi todo el mundo está de acuerdo, pues tanto el vulgo como los cultos dicen que es la felicidad, y piensan que vivir bien y obrar bien es lo mismo que ser feliz." 
"Pero sobre qué es la felicidad discuten y no lo explican del mismo modo el vulgo y los sabios. Pues unos creen que es alguna de las cosas tangibles y manifiestas como el placer o la riqueza o los honores; otros, otra cosa; muchas veces, incluso, una misma persona opina cosas distintas: si está enferma, piensa que la felicidad es la salud; si es pobre, la riqueza; los que tienen conciencia de su ignorancia admiran a los que dicen algo grande y que está por encima de ellos." 
*
"Decir que la felicidad es lo mejor, parece ser algo unánimemente reconocido pero, con todo, es deseable exponer aún con más claridad lo que es. Acaso se conseguiría esto, si se lograra captar la función del hombre. […] ¿Y cuál, precisamente, será esta función? El vivir, en efecto, parece también común a las plantas, y aquí buscamos lo propio. Debemos, pues, dejar de lado la vida de nutrición y crecimiento. Seguiría después la sensitiva, pero parece que también ésta es común al caballo, al buey y a todos los animales. Resta, pues, cierta actividad propia del ente que tiene razón." 
"Siendo esto así, decimos que la función del hombre es una cierta vida, y que esta vida es tanto una actividad del alma como acciones razonables, y en el caso del hombre bueno, es estas mismas cosas bien y hermosamente, y cada uno se realiza bien según su propia virtud. Así resulta que el bien del hombre es una actividad del alma de acuerdo con la virtud, y si las virtudes son varias, de acuerdo con la mejor y más perfecta, y además durante una vida entera. Porque una golondrina no hace verano, ni un solo día, y así tampoco ni un solo día ni un instante bastan para hacer a un hombre venturoso y feliz." 
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"La actividad más preferible para cada hombre será, entonces, la que está de acuerdo con su propio modo de ser, y para el hombre bueno será la actividad de acuerdo con la virtud. Por tanto, la felicidad no está en la diversión, pues sería absurdo que el fin del hombre fuera la diversión y que el hombre se afanara y padeciera toda la vida por causa de la diversión. Pues todas las cosas, por así decir, las elegimos por causa de otra, excepto la felicidad, ya que ella misma es el fin. " 

Todas las citas fueron tomadas de "Ética nicomáquea-Ética eudemia", de Aristóteles. Editorial Gredos. La traducción es de Julio Pallí Bonet.

P.D: Ann Peebles  "Trouble heartaches & sadness"

14 de mayo de 2016

DOODLEBUG, de Christopher Nolan

«Y tú juraste estar conmigo hasta el fin de los días al borde de este abismo y bailando,
juraste estar conmigo al borde del sadismo y bailando»
Tanatorios, Hazte Lapón



Christopher Nolan está considerado uno de los mejores directores de la actualidad. "Memento", "Insomnia", "Origen" o la trilogía de Batman le han convertido en uno de los cineastas más admirados por el público y la crítica lo ubica en algún punto entre Alfred Hitchcock y John Ford. 
Facultado para la literatura y comprometido con toda su labor cinematográfica, ha actuado como director y como guionista en todas sus películas, manteniendo sus creaciones a salvo de cualquier influencia externa. El resultado revela -esa es la clave- un prodigioso talento y un buen hacer en la sala de producción.

Rodó "Doodleburg" (1997) -un ejercicio de modestia comparado con otros montajes- cuando aún estaba estudiando en la Universidad College de Londres con la colaboración de la que sería posteriormente su esposa Emma Thomas. 
La trama discurre en un apartamento. Un hombre desamparado -quizá un escritor en horas bajas- se afana por dar caza a "algo" que le altera. Sufre un proceso progresivo de fisión de su realidad interior. El futuro aparece encriptado en su pasado y ensañado con el presente.
Escribió Thomas Bernhard sobre la condición humana que "Nos hemos resignado con el hecho de que, aunque la mayor parte del tiempo en contra de nuestra voluntad, tenemos que existir, porque no nos queda otro remedio y sólo porque una y otra vez, cada día y cada minuto nos resignamos de nuevo a ello, podemos continuar".
Nolan parece explorar la misma cuestión frente a la causa existencialista: hay un hombre dentro de cada hombre, un sí mismo remachado a la piel que confirma su condición de ser irracional e inestable, dominado por sus fobias e impulsos. Un individuo que ha de enfrentarse a una realidad incomunicable que lo aliena, lo aleja de sí, corrompiéndolo en un inmensa espiral sin salida. Podemos huir de aquello que nos molesta, pero no podemos huir de nosotros, no podemos existir por lapsos. No sin morir. No sin el abandono de los abandonos. La ósmosis que se establece es tal que el poder de anegación de la sociedad supone una úlcera brutal que desemboca en una terrible violencia. 
Escenas inverosímiles, deshumanización neurasténica, monotonía, pesadez: tal es el escalafón del hartazgo que subsisten al inicial estertor existencial. Un territorrio definitivamente yermo en tan sólo tres minutos.
En esta idea de perderse y abstraerse de la realidad, quizá quiera también poner de manifiesto la fragilidad del cerebro desde un sesgo psicológico. Un órgano complejo del que no podemos fiarnos pero por otro lado, del que tampoco podemos prescindir. 
Lacónica, elíptica y me atrevería a decir feroz, el director muestra más interés en su destreza por los límites narrativo-visuales que por la narración. Un blanco-negro acoge una atmósfera opresiva representado por las paredes de la pequeña habitación donde los movimientos cámara en mano, contrapuestos a los primeros planos del protagonista consiguen crear un estado onírico. La combinación de travellings (en retroceso y laterales) nos obliga a mirar como si nuestra mente fuera el cerebro enfermo y obsesionado del protagonista, incapaz de reprimir sus impulsos. Es preciso, asímismo, que veamos el tiempo dilatarse, que esa decadencia, se nos revele inexorable, para lo cual tira de una buena cantidad de relojes, en un ejemplo perfecto de como se debe utilizar de manera propia un recurso expresivo. Un trabajo de principiante con ecos kafkianos que merece ser vista, aunque sólo sea por echar un vistazo a los comienzos del director. 




Título original: Doodlebug/ País: Reino Unido/ Año: 1997/ Director: Christopher Nolan / Guión: Christopher Nolan / Fotografía: Christopher Nolan/ Música: David Julyan / Duración: 3 minutos/ Intérprete: Jeremy Theobald


PD: Memento

8 de mayo de 2016

CARTA SOBRE EL CONDE DE LAUTRÉAMONT, de Antonin Artaud

Hay que darle a las palabras sólo la importancia que tienen en los sueños" Antonin Artaud

Antonin Artaud (1926) - Biblioteca Nacionnal de Francia
Escritor, poeta, actor, dibujante, Antonin Artaud (1896-1948) fue uno de los grandes malditos del arte. Exigió y se exigió. Llevó a cabo una agotadora labor de autoexploración, una obsesiva búsqueda de la verdad intrínseca que le condujo a unos estados lamentables de locura y autodestrucción. Su leyenda está formada a partir de una existencia tan surrealista como trágica, así como por unos pocos libros que siguen siendo lecturas de referencia.
Este texto apareció en Cahiers du Sud nº 275, en 1946. Fue escrito por Antonin Artaud para un número especial sobre Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont. Luego fue recogido, en 1947, en "Suppôts et Supplications", el último volumen de escritos de Artaud. 


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"Sí, tengo algunas confidencias que hacerle sobre el impensable Conde de Lautréamont, sobre esas cartas extravagantemente coercitivas, todos esos sombríos y conminatorios diktats de hierro que enviaba con tanta elegancia y el reconocimiento ameno a su padre, a su banquero, a su editor o sus amigos. Estas cartas son, ciertamente, extravagantes, la extravagancia estridente de un hombre que camina junto a su lirismo como a una llaga vengadora, impúdica, a su lado, a derecha o a izquierda.
No puede escribir una carta normal y corriente sin que sintamos esta trepidación epiléptica de un Verbo del que, sobre lo fuera que escriba, no puede hacer uso sin estremecerse.
De la Poesía, renacuajo de lo infinitamente pequeño, reclusa del verbo, Lautréamont hace, en cada carta, un cañón de artillería para expulsar el principio de la carne.
En una de ellas, no por los dos francos sino por el dos veces impalpable precio que tiene la poesía de Baudelaire para Lautréamont, le anuncia a un editor el envío del pago, dice, no de los sellos de correo, sino ensellos de correo, por el Supplément aux poemes de Baudelaire.* Si ese en que entraña, cayendo insistente en un humor subrepticio, las viñetas de los sellos, la divisa con que el libro será pagado, y lo entraña por medio de astillas-esquirlas del ser de una idea; si ese en, insertado allí como una voz de bajo, como la opinión de un ogro negro bajo la suela de un gran pie, no es sentido así por el lector, entonces no sería mas que la grosería contenida de una puta y la materia encarnada de un cerdo.
Algo parecido a un abismo, tótem de la inexpurgable bestialidad asentada (y la idea de que la belleza ha de sentarse, como dice Rimbaud.) La bestia que quiere refugiarse entre sus piernas impuras, los treinta denarios que vale el Poeta, no por sus poemas, por los ya hechos o los por hacer, sino por ese saco de sangre desencarnada que la noche apremia sin pausa y que va el domingo, de paseo, como todo buen burgués a losfortifs**; ese saco de influjos crepitantes que, en el pecho de un gran poeta, no duele mas que en otra parte, puesto que es allí, justamente, donde se nutre el burgués, – ese corazón que, estricta y obstinadamente, celosa y agresivamente, siempre endurece su actitud, osifica su incoercible postura. Cuando el burgués, hipócrita y despreciativo, conservador, narcotizado, alcancía de despreciativas certezas, no es, en realidad, sino una antigüalla en oferta, y aquel monito, el viejo monito de Ramayana, viejo escamoteador de toda pulsación de poesía-instante, instante de chisporrotear. “Pero eso no se hace, no, eso no se hace,” le dice al Conde de Lautréamont. Y no le entendemos con esta oreja (la oreja que es la caverna del ano) cuando su estrofa, esa estrofa, es la que todo burgués muy harto y muy abrigado de anti-estrofa, escamotea la poesía. Basta. Apégate a las normas.
“Tu corazón sufre el horror, pero eso no se ve. Y yo también, yo tengo un corazón de carne que siempre te ha necesitado – ¿Cómo es que no puede mirarte?” Pero Lautréamont no deja que lo detengan. “Déjeme,” dice a su editor, “ahora déjeme ir un poco más allá.” El más allá de la muerte que, sin duda, un día lúgubre, le llevó con él. Jamás hemos considerado con suficiente atención, insisto, el remordimiento, la muerte tan esquivamente corriente del impensable conde de Lautréamont.
Esa muerte que fue lo suficientemente anodina y prosaica como para que no tuviéramos ganas de mirar más de cerca el misterio de su vida. Ya que, a fin de cuentas, de qué murió exactamente el pobre Isidore Ducasse, sin duda genio irreductible del mundo, y del que habría que creer que el mundo ya no tenía necesidad después de Edgar Poe, de Baudelaire, de Gérard de Nerval o de Arthur Rimbaud.
¿La muerte es una enfermedad larga o corta? ¿Lo encontraron muerto en su cama al sol de la mañana? La historia dice simplemente, simple y siniestramente, que el dueño del hotel y el muchacho que le asistía firmaron el acta de defunción.
Para un gran poeta es un poco corta y un poco magra y tiene algo de cierta mezquindad; cierta vacilante trivialidad mezquina, que, en algún lado, hiede a innobleza; cuando un entierro de pacotilla, tan basto y tan vulgar, no concuerda con la vida de Isidore Ducasse, como sí concuerda, a mi juicio, demasiado bien, con lo simiesco de ese odio subrepticio que lleva a la necedad burguesa a escamotear a las grandes voces.
Pero qué asquerosa puta imbecilidad enraizada me llevó a pensar un día que si el conde de Lautréamont no se hubiera muerto a los veinticuatro años, al principio de su existencia, también habría sido internado como Nietzsche, Van Gogh o el pobre Gérard de Nerval.
Que la actitud Maldoror fuera acogida en un libro no se debe más que a la muerte del poeta, y cien años después, cuando las exigidas explosiones del corazón agitado del poeta tuvieron ya la oportunidad de sosegarse. Ya que de haber estado vivos ahora, serían demasiado fuertes. Es así como le han cerrado la boca a Baudelaire, a Edgar Poe, a Gérard de Nerval y al impensable conde de Lautréamont. Porque han tenido miedo de que su poesía saliera de sus libros y revirtiera la realidad… Y le han cerrado la boca a Lautréamont siendo muy joven con el fin de acabar rápidamente con la agresividad ascendiente de un corazón al que, con cada día, la vida indispone catastróficamente, y que a la larga habría acabado por llegar a todos lados, la cínica e insólita cautela de sus incansables despellejamientos.
“Y al pasar la linterna roja, dice el pobre Isidore Ducasse, ella le permite, por un módico precio, mirar en el interior de su vagina” ***
No es nada llamativo haber encontrado esta frase en Los Cantos de Maldoror y tampoco es llamativo que esté allí, ya que todo el libro no se compone mas que de frases atroces de esta índole. Sí, en Los Cantos de Maldoror, todo es atroz; la pantorilla de una desgraciada que aborta o el paso del último autobús. Todo es como aquella frase donde el conde de Lautréamont ve, y yo creo que es el pobre Isidore Ducasse quien vió mas que el conde impensable de Lautréamont, ve, decía, como un bastón traspasa las persianas cerradas de una habitación del más siniestro claque (claque, nombre argótico vulgar de burdel) y se da cuenta, al tomar al bastón por un extremo, que no es un bastón, sino un cabello caído de la cabeza de su amo, pan munificiente al que su dinero concede el derecho de triturar a una miserable sobre la epidermis de unos cuantos trapos, apropiados quizás en razón del billete, pero siempre nauseabundos como consecuencia de él.****
Yo digo que había en Isidore Ducasse un espíritu que quería siempre dejar caer a Isidore Ducasse en beneficio del impensable conde de Lautréamont, un nombre muy bello, un gran nombre. Y digo que la invención del nombre de Lautréamont, si le sirvió a Isidore Ducasse de contraseña para encubrir e introducir la magnificencia insólita de su obra, digo que la invención de ese patronímico literario, como un hábito que resguarde la vida, ha dado lugar, como una rebelión escondida debajo del hombre que lo produjo, a otro pasaje de una de esas tantas crasas porquerías colectivas de las que la historia de las letras está llena, y que ha causado que, a la larga, Isidore Ducasse huyera de la vida. Por lo que está bien que Isidore Ducasse haya muerto y no el conde de Lautréamont, cuando fue Isidore Ducasse quien dió al conde de Lautréamont algo de lo que sobrevivir, y poco más que eso, y diría incluso que nada más que eso, y que el conde impersonal, impensable de la héraldica Lautréamont, ha sido, frente a Isidore Ducasse, una manera de inextrincable asesinato.
Y creo que está bien que, a fin de cuentas, y el último día, haya muerto el pobre Isidore Ducasse, si el conde de Lautréamont pudo sobrevivirlo en la historia. Porque está bien que haya encontrado el nombre de Lautréamont. Porque cuando lo encontró, no estaba solo. Quiero decir que tenía a su alrededor, y en su alma, una floculación microbiana de espías, una babosa, acrimoniosa avalancha de los parásitos más sórdidos del ser, de los espectros antiguos del no-ser, un enjambre de innatas y oportunistas polillas que en su lecho de muerte le dijeron: “Nosotros somos el conde de Lautréamont, y tú no eres más que Isidore Ducasse, y si no reconoces que no eres más que Isidore Ducasse, y nosotros, el conde de Lautréamont, autor de Los Cantos de Maldoror, te mataremos.” Y murió, por la mañana, a orillas de una noche imposible. Agobiado y viendo su muerte como a través del orificio de una cerveza, el pobre de Isidore Ducasse frente al rico de Lautréamont.
Y eso no puede entenderse como una revuelta contra el amo, sino como la partuza del inconsciente, intérlope de todos, contra la consciencia aturdida de uno solo.
Insisto en este punto que Isidore Ducasse no era ni un alucinado ni un visionario, sino un genio que no dejó en toda su vida de ver claro cada vez que miraba y avivaba el erial del aún inutilizado inconsciente. El suyo, y ningún otro, ya que no hay en nuestro cuerpo puntos de contacto en que podamos encontrarnos con la consciencia de todos. Y en nuestro cuerpo estamos solos. Pero eso el mundo jamás lo ha admitido, y siempre ha querido preservar, en su cara externa, un medio por el cual ver más de cerca en la consciencia de todos los grandes poetas, y todo el mundo ha querido poder mirar a todos lados, con el fin de saber lo que hacían todos
Y un día, la gente, no los dignos del infinito, como Annabel Lee de Edgar Poe, sino las indignas polillas del ser, la roña de los roñosos de la envidia, vienen por debajo de su cama a decirle a Isidore Ducasse, a un lado de su cabeza, la cabeza en su lecho de muerte: “Eres un genio, pero yo soy ese otro genio que inspira tu consciencia, y soy yo quien escribe tus poemas en ti, antes de ti y mejor que tú.” Y así es que Isidore Ducasse muere de rabia, por haber querido, como Edgar Poe, Nietzsche, Baudelaire y Gérard de Nerval, conservar su individualidad intrínseca, en vez de convertirse en Hugo, Lamartine, Musset, Blaise Pascal o Chauteaubriand, el embudo del pensamiento de todos.
Ya que la operación no consiste en sacrificar su yo de poeta, y, luego, alienar a todo el mundo, sino en dejarse penetrar y violar por la consciencia de todo el mundo, de manera de que ya no podamos ser nada más en su cuerpo que siervos de las ideas y de las reacciones de todos.
Y el nombre de Lautréamont no fue mas que un primer medio, del que acaso Isidore Ducasse no se fíó lo suficiente, para apartar de sí, en beneficio de la consciencia general, las obras archi-individualistas de Isidore Ducasse, poeta encolerizado por la verdad.
Quiero decir que, en los limbos de la muerte que hoy habita, otras consciencias y otros yo como el suyo, se regodean, obscenamente sin duda, de haber participado en la emulsión creadora de sus poemas y sus gritos, y repelen las sutilezas lúgubres que, con la idea de encolerizarlo, quisieron sofocar y matar al poeta."

  Antonin Artaud


* En una carta de Lautréamont enviada a Poulet.Malassis, 21 de febrero de 1870: “Tendría Usted la bondad de enviarme Le supplément aux poèsies de Baudelaire. Le adjunto aquí dos francos en sellos de correo.”
** Fortifs son las viejas fortificaciones de París, muy poco habitadas luego de su destrucción en la guerra.
*** Artaud parafrasea fragmentos del tercer canto de Los Cantos de Maldoror (“(…) todas esas mujeres que cada día mostraban a todo aquel que entrase, a cambio de un poco de oro, el interior de sus vaginas.”)
**** Referencia a la segunda parte del tercer canto (episodio del cabello caído de la cabeza de Dios.)
Fuente: http://elblogdehelios.blogspot.com.es/2011/12/antonin-artaud.html


P.D.: "A brisa do coraçao" de Dulce Pontes y la música del entrañable Ennio Morricone