30 de abril de 2014

LOS PAPALAGI, de Erich Sheurmann

"Para el capitalismo el capital es lo más importante, para el comunismo el hombre es lo más importante, pero para la comunidad, para el pueblo indígena originario, la vida es lo más importante". Fernando Huanacuni Mamani, aymara.


El pájaro tiene su nido, la araña su tela, el hombre la amistad, escribió William Blake. Este libro demuestra que tan agradable sentimiento puede edificarse entre individuos de dos sociedades muy diferentes. Y que puede subsistir a las ruindades del ego y de las creencias. En el año 1914, huyendo de la 1ª Guerra Mundial, el artista alemán Erich Scheurmann viajó a la isla de Samoa , donde conoció a Tuiavii de Tiavea con el que trabó una gran amistad. Alentado por este afecto, el jefe polinesio decidió viajar a Europa (aunque este hecho nunca llegó a demostrarse) para conocer las costumbres y los valores de los pueblos bien llamados "civilizados".  
"Los papalagi" significa “los hombres blancos”, es un libro que reúne trece discursos elaborados por Tuiavii a su regreso, con la intención de alertar a su pueblo de la nefasta influencia del progreso. Por lo general, los pueblos indígenas tienen una visión holística de la naturaleza y consideran al ser humano una parte integrante de la Tierra, y no algo ajeno a ella. Según esta idea, la tierra es una entidad fértil y no un paisaje bonito o un lugar para escaparse el fin de semana. Es su fuente de vida. Los samoanos no conocían el dinero (el metal redondo), ni los grandes edificios o los periódicos (los muchos papeles) ni tampoco lo necesitaban. Para éste, nuestra civilización es un despropósito.
"Si a un papalagi le hablas del Dios del amor se reirá de ti, pero tan pronto como le muestres una pieza de metal redondo y brillante o una hoja de papel tosco, entonces sus ojos se iluminan y la saliva empieza a babear por sus labios. Dinero es su único amor, el dinero es su Dios."
Los textos son un retrato de nuestra cultura vista desde desde la óptica franca de una persona ajena a ella que no entiende esta forma de vida y que no la envidia en absoluto. El irónico estilo, la contundencia y los vívidos retratos del hombre blanco, son los rasgos más destacados. Erich Scheurmann los arregló para que su editorial, De Voortgank, los publicara en 1929. El conjunto resulta estimulante pues fuerza al lector a meditar sobre diversos asuntos: religiosos, sociales y culturales.

"El escritor llama a estos discursos Los Papalagi, que significa los Hombres Blancos o los Caballeros. Estos discursos de Tuiavii de Tiavea no habían sido pronunciados aún, pero el extracto había sido escrito en el idioma nativo, del cual se hizo la primera traducción alemana.
Tuiavii nunca tuvo la intención de publicar sus discursos para el lector occidental, ni en ningún otro lugar: iban estrictamente dirigidos a su pueblo polinesio. Sin embargo, sin su consentimiento y con clara transgresión de sus deseos, me he tomado la libertad de someter estos discursos de un nativo polinesio a la atención del lector occidental, convencido de que para la gente blanca con nuestra civilización merece la pena averiguar cómo nos ve a nosotros y a nuestra cultura un hombre que aún está estrechamente ligado a la naturaleza.
Estos discursos son un llamamiento a todos los pueblos del Pacífico Sur para que corten sus ataduras con la gente iluminada del tronco europeo, como se les llama. Absorto en esto, Tuiavii, el despreciador de los europeos, se mantuvo firme en la convicción de que sus antepasados habían cometido un grave error dejándose atraer por la cultura europea. El es como la doncella de Fagaasa, que sentada en lo alto de un acantilado vio venir a los primeros misioneros blancos y con su abanico les hizo señas para que se fueran: «¡Fuera, demonios criminales!». Él también vio a Europa como a un demonio oscuro, el gran deshojador, del que el género humano debe protegerse si quiere permanecer tan puro como los dioses.
Cuando me encontré por primera vez con Tuiavii, él llevaba una vida pacífica, apartado del mundo occidental en su diminuta isla fuera de camino llamada Upolu, una de las islas samoanas, en el poblado de Tiavea, del cual era jefe. La primera impresión que me dio fue la de un gran gigante de corazón amable. A pesar de que medía casi 1'90 metros y de que era robusto como una casa de ladrillos, su voz era suave y delicada como la de una mujer, y sus enormes y penetrantes ojos, sombreados por espesas cejas, tenían una mirada levemente despreocupada. Cuando les hablabas, se iluminaban y delataban a su corazón, cálido y soleado.
En ningún hábito exterior era Tuiavii marcadamente diferente de sus hermanos. Bebía kava (1) iba al loto (2) por la mañana, comía plátanos, toras y yams y observaba todas las costumbres nativas y ritos. Sólo sus más íntimos amigos sabían qué estaba hirviendo en el interior de su cabeza, luchando para llegar a la luz, cuando se tumbaba, soñando, en la estera de su casa.
En general el nativo vive como un niño, puramente en el mundo visible, sin interrogarse siquiera sobre sí mismo o sobre su entorno; pero Tuiavii tenía un extraordinario carácter. Se había elevado sobre sus compañeros, porque vivía conscientemente y por eso poseía esa exigencia interior que nos separa de las gentes primitivas, más que cualquier otra cosa.
Debido a su ser, propio de esta clase de hombres, Tuiavii deseaba conocer más de esa lejana Europa. Ese deseo ardía en su interior desde los días escolares en la misión marista, y solamente fue satisfecho cuando llegó a adulto. Se unió a un grupo de etnólogos que volvían tras acabar sus estudios y, visitó uno tras otro, la mayoría de los estados de Europa, donde llegó a conocer su cultura y peculiaridades nacionales. Una y otra vez me maravilló la exactitud con que recordaba hasta los más pequeños detalles. Tuiavii poseía en alto grado el don de la observación sobria e imparcial. Nada podía ofuscarle; nunca se permitía ser apartado de la verdad por palabras. En realidad lo vio todo desde su originalidad, aunque a lo largo de su visita nunca pudo abandonar su propio punto de vista.
Fui su vecino durante algo más de un año, siendo un miembro de la comunidad de su pueblo, pero Tuiavii sólo me tomó como confidente cuando llegamos a ser amigos. Después de haber superado, incluso olvidado, al europeo que hay en mí, cuando él se hubo convencido de que yo estaba maduro para su sabiduría sencilla y de que no me reiría de él (algo que nunca hice), solamente entonces decidió que merecía la pena que escuchara algunos fragmentos de sus escritos. Me los leyó en voz alta, sin ningún patetismo, como si fuera una narración histórica. Aunque solamente fuera por esa razón, lo que estaba diciendo trabajaba en mi mente y daba origen al deseo de retener las cosas que había oído.
Sólo mucho después me confió Tuiavii sus notas y me dio permiso para traducirlas al alemán. Pensó que yo quería usarlas para mis estudios personales y nunca supo que la traducción sería publicada, como sucedió. Todos estos discursos no son más que toscos borradores y juntos no forman un libro bien escrito. Tuiavii no los ha visto nunca en ninguna otra forma. Solamente cuando tuvo todo el material archivado cuidadosamente en su cabeza y todas las ideas claras, quiso empezar su “misión”, como él la llamaba, entre los polinesios. Yo tuve que abandonar las islas antes de que empezase su informe.
Aunque me he sentido obligado a hacer la traducción tan literal como me fuera posible y no he alterado ni una sílaba en la composición de los discursos, me doy cuenta de que la original franqueza y el extraordinario vocabulario han sufrido profundamente. Cualquiera que haya intentado alguna vez transformar algo de un idioma primitivo a uno moderno, reconocerá inmediatamente los problemas que se plantean al reproducir la expresión infantil de modo que no parezca estúpida o disparatada.
Tuiavii, el inculto habitante de la isla, consideró la cultura europea como un error, un camino a ninguna parte. Esto sonaría un poco pomposo si no estuviera dicho con la maravillosa simplicidad que traicionaba el lado débil de su corazón. Es verdad que pone en guardia a sus compatriotas y les dice que se libren de la dominación europea pero al hacerlo su voz se llena de tristeza y delata que su ardor misionero nace de su amor por la humanidad, no del odio. «Vosotros, compañeros, pensáis que podéis mostrarnos la luz", me dijo cuando estuvimos juntos por última vez, pero «lo que realmente hacéis es tratar de arrastrarnos a vuestra charca de oscuridad". Él miraba el ir y venir de la vida con honestidad de niño y amor por la verdad, y por eso encontraba discrepancias y defectos morales que, y al acumularlos en su memoria, se convirtieron en lecciones de vida. No entiende dónde radica el mérito de la cultura europea, que alinea a su propia gente y los hace falsos, artificiales y depravados. Cuando resume lo que la civilización nos ha aportado, empezando por nuestro aspecto, descrito como el de un animal cualquiera; lo llama por su propio nombre, con una actitud muy antieuropea e irreverente, describiéndonos de forma incompleta pero correcta, de manera que acabamos sin saber quién es el que ríe, el pintor o su modelo.
En esta aproximación infantil a la realidad, a corazón abierto, reside, pese a su falta de respeto, el verdadero valor para nosotros los occidentales de los discursos de Tuiavii; por eso siento que su publicación está justificada. Las guerras mundiales nos han convertido en occidentales escépticos con nosotros mismos; empezamos a preguntarnos sobre el valor intrínseco de las cosas y a dudar de si podemos llevar a cabo nuestros ideales a través de nuestra civilización. Por ello deberíamos considerar que no estamos, quizá, tan civilizados y descender de nuestro nivel espiritual al pensamiento de este polinesio de las islas de Samoa, que no está aún agobiado por una sobredosis de educación, que es todavía original en sus sentimientos y pensamientos y que quiere explicarnos que hemos matado la esencia divina de nuestra existencia, reemplazándola por ídolos."


Erich Scheurmann



PD: "Pata pata" fue escrita en 1957 por Miriam Makeba, pero no sería hasta 1967 cuando decidió incluirla en su nuevo LP, que llevaría el nombre de la canción. La canción, está cantada en idioma xhosa, que es una de las once lenguas oficiales de Sudafrica y que  pertenece al grupo étnico del cual Makeba era originaria.






12 comentarios:

  1. Los pueblos originarios y su particular forma de ver la vida. Muy bueno mi querida amiga.
    Saludos.

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  2. El libro, sin duda, es un buen aporte y una merecida lección a quienes no imaginamos otro mundo posible que éste donde discurren nuestras angustias. Una radiografía necesaria del mal que nos correo y al que negamos hallarle cura. Muy buena la presentación que hacer Schuermann; sin embargo, considerar las percepciones de Tuiavii producto de la visión de un niño puede representar un sesgo en la manera de reconocer el valor de sus apreciaciones. Un placer pasar por acá, marybel. Saludos.

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  3. Fantástico hallazgo. Y compartiendo la perspectiva, no hace falta alejarse tanto para comprender que algunos de los dioses que alientan el desarrollo de la sociedad occidental se han vuelto completamente locos. Lo triste es que, desde esa lejanía desde la que habla Tuiavii, se puedan ver tan claramente nuestros ídolos huecos.

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  4. Excelente sugerencia, me recuerdan una frase que escribió Jean Paul Sartre en la introducción del libro "los condenados de la tierra" de Franz Fanon: "Europa se ha hecho a si misma fabricando esclavos y gestando monstruos". Aunque hoy la "civilización" no solo es cosa de Europa. Me gusta la perspectiva de Tuiavii, en cuanto a que el hombre es parte de la naturaleza, de la tierra y es verdad, al fin y al cabo, los primeros humanos fueron creados literalmente de la tierra, y cuando morimos nos convertimos en tierra, nosotros cada día expelemos tierra de nuestro cuerpo. Pero muchos factores han hecho que el ser humano distorsione la visión original de lo que somos realmente. Después de todo, personas como Tuiavii han tenido mas lucidez en ver los asuntos tal como son. Abrazos Mary, lo he disfrutado.

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  5. Inquietante y magnífica entrada, +Marybel Galaaz. ¡Buena noche!

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  6. Pues sí, este jefe somoano, en su ingenuidad, retrató certeramente los demonios que aquejan a nuestra sociedad, que se rige por el amor... sí, por el amor al dinero, jeje, como bien decía Tuiavii desde su genuina perspectiva no viciada aún por los males mundanos.

    Muy interesante tu artículo, Marybel, siempre me culturizas, mi niña. Biquiños, y feliz semana. Comparto, of course!

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  7. Qué bonita frase con la que inicias una entrada muy interesante. Tomo buena nota que me da que esta lectura va a hacer crecer mi mirada.

    Besos

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  8. Es tan irónico hablar de civilización o gente civilizada....La esencia del ser humano no se basa en que parte del mundo estemos o si somos o no civilizados sino en el corazón,gracias querida Marybel,otra obra más que con tu pluma me inspiras a leer,besitos :)

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  9. No estoy muy segura de la autenticidad de los hechos, me refiero, a sí realmente Tuiavii salió de su poblado y elaboró esos discursos; es bastante probable que Sheurmann sea su autor y que los ficcionara en la figura de su amigo. De ser así, los motivos de su enfoque los desconozco, quizá por el contexto histórico o sencillamente por darle más tirón de ventas. Lo cierto es que tanto el autor como el jefe polinesio existieron, se conocieron y entablaron una gran amistad. El resultado es este pequeño libro documento de amena lectura y de crítica mordaz a nuestra sociedad. ¿Interesante? Sí.
    Gracias a todos por vuestros comentarios e interés.
    Un fuerte abrazo.

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  10. Muy interesante esta entrada, aunque me ha dado un poco de miedo...

    (Yo también utilicé el "Pata-pata" de Miriam Makeba para un post, pero para uno que no tiene nada que ver con el tuyo ni de lejos... Astérix y los Normandos... Jajaja )

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