25 de abril de 2020

PANDEMIA (SUBRAYADOS), de AA. VV.

"La fuerza natural dentro de cada uno de nosotros es el mayor sanador de todos." Hipócrates

Peste negra, la gran pandemia del siglo XIV de la que podemos aprender una lección
"El triunfo de la muerte" de Pieter Brueghel el Viejo - Museo del Prado (Madrid)

Considerando lo común que es la enfermedad, he sucumbido al inútil placer de confeccionar una lista dedicada a novelas sobre epidemias. Es un buen pasatiempo para estos días de confinamiento. Anoté sólo diez (se aceptan sugerencias). Son todas magníficas y corroboran una creencia que defiende este blog: no hay categorías literarias superiores o inferiores, sino magníficos o mediocres autores.

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"–En el curso de las siguientes veinticuatro horas se supo que se había declarado un caso en Chicago, otra gran ciudad. Y, el mismo día, corrió la noticia de que Londres, la mayor ciudad del mundo después de Nueva York y Chicago, luchaba en secreto contra aquel mal desde hacía ya dos semanas. Las noticias habían sido censuradas... Quiero decir que se había impedido que circularan por el resto del mundo.(...)–Lo que resultaba inquietante, sin embargo, era la rapidez prodigiosa con que aquel germen destruía a los humanos, y también el hecho de que la persona atacada por él muriera infaliblemente. Ni un solo caso de curación. En otros tiempos ya se había conocido la fiebre amarilla, una vieja enfermedad que tampoco resultaba nada apacible. Por la noche, cenaba uno con una persona que gozaba de buena salud, y, la mañana siguiente, si uno se levantaba lo bastante temprano, veía pasar el coche fúnebre que se llevaba al convidado de la víspera.–La nueva peste era todavía más expeditiva. Mataba mucho más aprisa. A menudo no transcurría ni una hora entre los primeros síntomas de la enfermedad y la llegada de la muerte. Había casos en que el atacado resistía varias horas; pero había otros en que todo terminaba en diez o quince minutos de las primeras señales.–Lo primero era que el corazón latía aceleradamente, y que aumentaba la temperatura corporal. Luego, una erupción de color rojo intenso se extendía como una erisipela por la cara y el cuerpo. Mucha gente no se daba cuenta de la aceleración de los latidos ni de la elevación de la temperatura, y sólo recibía la advertencia en el momento en que se manifestaba la erupción.–Ordinariamente, esta primera fase de la enfermedad parecía acompañada de convulsiones; pero no parecían graves, y, cuando cesaban, aquel que las había superado volvía de repente a un profundo estado de calma. Entonces lo invadía una especie de entumecimiento que subía a partir del pie y del talón, alcanzaba la pierna, las rodillas, los muslos, el vientre, y seguía subiendo. En el instante mismo en que llegaba al corazón se producía la muerte.–Ningún malestar ni delirio acompañaban ese entumecimiento progresivo. La mente permanecía clara y activa, hasta el momento en que el corazón se paralizaba y dejaba de latir. Otro detalle no memos sorprendente era la veloz descomposición de la víctima después de la muerte. Mientras uno la miraba, su carne parecía desagregarse, reducirse a pulpa."
Jack London, La peste escarlata (1912)

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"(22 de octubre de 1918) La gripe continúa matando implacablemente a la gente. En estos últimos días he tenido que asistir a diversos entierros. Eso, sin duda, hace que empiece a sentir una mengua de emoción ante la muerte ―que sentimientos reales y auténticos se me transformen en una especie de rutina administrativa. Nuestros sentimientos están siempre afectados por lo poco o por lo mucho ―son de una movilidad indecente. Aunque sólo fuese por esta razón, convendría que este escándalo de la patología tuviese un fin ―que la gripe no matase a nadie más. (...)(6 de diciembre) Por la tarde trato de llegar al mas. Por el camino me siento muy constipado, incómodo y me pasan unos escalofríos por la espalda gélida. Reculo. Tengo un momento de miedo. Será la gripe ―pienso; si lo es, la muerte es ineluctable. En el momento de dar la vuelta, contemplo un momento el pueblo de Pals, siempre tan bello, puesto sobre la colina: sobre las viejas piedras doradas había, suspendida, una ligera niebla azulada tocada de escurriduras violeta y malva, muy diluidas, como una digitación vaga. En casa, tomo un gran bol de leche caliente con un chorro de coñac. En la cama, la reacción se produce rápida."
Josep Pla, El cuaderno gris (1966)

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"Como todo mundo sabe, en el interior de una gallina hace calor. Cuarenta y dos grados. Mucho más caliente que en el interior de una oveja, protegida por su lanita.
Pasteur, a base de enfilar el termómetro aquí y allá, por cloacas y anos, fue el primero en constatar que la temperatura elevada de ciertas aves impide a los virus desarrollarse en ellas. Si se le inocula el carbunco de la oveja a una gallina, a ella le da lo mismo y se ríe. Le hace cosquillas. Si se la introduce en una bañera de agua fría, deja de hacerse la lista y muere de carbunco. Si a la gallina mojada se la saca a tiempo, contrae la enfermedad pero se cura sola, bate las alas para calentarse mientras insulta al auxiliar de laboratorio. Yersin decide probar con la paloma.
La paloma es algo así como la rata del cielo, una rata a la que se le hubieran atornillado unas alas antes de pintarla de gris."
Patrick Deville, Peste y cólera (2012)

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"El primer caso de polio de aquel verano se produjo a comienzos de junio, poco después del Día de los Caídos, en un barrio italiano pobre que estaba en el otro extremo de la población donde nosotros vivíamos. En el ángulo sudoeste de la ciudad, en el barrio judío de Weequahic, apenas nos enteramos, como tampoco oímos hablar de la siguiente serie de casos desperdigados por casi todos los barrios de Newark excepto el nuestro. Hubo que esperar a la festividad del Cuatro de Julio, cuando ya se habían registrado cuarenta casos en la ciudad, para que en la primera plana del periódico vespertino apareciera una noticia titulada «Las autoridades sanitarias alertan a los padres sobre la polio», donde se citaba al doctor William Kittell, inspector del Consejo de Sanidad, quien había prevenido a los padres para que observaran detenidamente a sus hijos y, en caso de que un niño mostrara síntomas como dolor de cabeza, garganta irritada, náuseas, rigidez de cuello, dolor en las articulaciones o fiebre se pusieran en contacto con el médico. Aunque el doctor Kittell reconocía que cuarenta casos de polio eran más del doble de los que solían producirse al comienzo de la temporada, quería dejar claro que aquella ciudad de 429.000 habitantes en modo alguno sufría lo que podría considerarse una epidemia de poliomielitis. Aquel verano, como todos, había motivos de preocupación, y era necesario adoptar las medidas higiénicas apropiadas, pero aún no había razones para que cundiera la alarma que, veintiocho años atrás, habían mostrado los padres durante el brote más largo de la enfermedad jamás producido: la epidemia de polio de 1916 en el nordeste de Estados Unidos, cuando se habían dado más de 27.000 casos y 6.000 fallecimientos. En Newark había habido 1.360 casos y 363 muertes."
Philip Roth, Némesis 
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"Un hombre de una villa austríaca, que había ido a pasar unos días en Venecia, había muerto en su tierra, al volver, mostrando síntomas indudables. De este modo habían llegado a la Prensa alemana las primeras noticias de la peste. Las autoridades de Venecia respondían que nunca había sido más favorable el estado sanitario de la ciudad, y tomaban las medidas más necesarias para combatir el mal. Pero podían estar infectados los alimentos; las legumbres, la carne, la leche. La peste, negada y escondida, seguía haciendo estragos en las callejuelas angostas, mientras el prematuro calor del verano, que calentaba las aguas de los canales, favorecía extraordinariamente su propagación. Hasta se hubiera dicho que la peste había recibido nuevo alimento, duplicado la tenacidad y fecundidad de sus bacilos. Los casos de curación eran raros. De cien atacados, ochenta morían del modo más horrible; pues el mal aparecía con extraordinaria violencia, presentándose casi siempre en la más terrible de sus formas: la seca. El cuerpo no podía siquiera expulsar las grandes cantidades de agua que salían de los vasos sanguíneos. A las pocas horas, el enfermo moría ahogado por su propia sangre, convertida en una sustancia pastosa como pez, en medio de espantosas convulsiones y roncos lamentos. Podía considerarse feliz aquel en quien, como sucedía a veces, el ataque, después de un malestar ligero, se le producía en forma de un desmayo profundo, del que ya nunca, o rara vez, despertaba. Desde principios de junio, se habían ido llenando silenciosamente las barracas aisladas del hospital civil. En los dos hospicios empezaba a faltar sitio, y había un movimiento inmediato hacia San Michele, la isla del cementerio. Sin embargo, el temor a los 41 perjuicios que sufriría la ciudad, las consideraciones a la Exposición de cuadros que acababa de inaugurarse, a los jardines públicos y a las grandes pérdidas que el pánico podía producir en hoteles, comercios y en todos los que vivían del turismo, pudieron más en la ciudad que el amor a la verdad y el respeto a los convenios internacionales. Las autoridades siguieron, pues, tercamente su política de silencio y negación. El funcionario sanitario superior en Venecia, una persona honrada, había dimitido lleno de indignación, siendo remplazado inmediatamente por otra persona menos escrupulosa y más flexible."
Thomas Mann, La muerte en Venecia (1912) 

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"En el Moridero pareciera que el mal atacara por oleadas. Hay temporadas en que el salón está vacío por completo. Esto sucede después de que todos los huéspedes mueren en un breve periodo de tiempo y no aparecen nuevos enfermos para reemplazarlos. Pero pese a todas las predicciones, esas épocas no son muy duraderas y nuevamente los futuros huéspedes tocan a la puerta del salón. Con una sola ojeada puedo predecir cuánto tiempo de vida tienen por delante. La actitud con la que llegan varía de acuerdo con su carácter. Casi todos están desesperados, pero algunos muestran signos de luz a pesar todo. Otros están derrotados por completo y a duras penas pueden mantenerse en pie. Una vez recluidos, yo me encargo de ponerlos a todos en un mismo estado de ánimo. Después de unas cuantas jornadas de convivencia logro establecer la atmósfera idónea. Se trata de una situación que no sabría cómo describir con propiedad. Logran el aletargamiento total, donde no le cabe a ninguno la posibilidad de preguntarse por sí mismo. Éste es el estado ideal para trabajar. Así nadie se involucra con ninguno en especial y se hacen más ligeras las labores.[…]Algunas veces muchachos jóvenes y vigorosos tocaron a las puertas. Aseguraban que estaban contagiados e incluso algunos llevaban consigo los resultados de los análisis que lo certificaban. Viéndolos en aquellas condiciones físicas era fácil imaginárselos semidesnudos, realizando ejercicios corporales o faenas en el mar. Nadie hubiera podido pensar que la muerte ya los había elegido. Aunque sus cuerpos estaban intactos, sus mentes ya habían aceptado la pronta desaparición. Querían ser huéspedes del Moridero. Se ofrecían incluso para ayudarme en la regencia. Yo tenía que sacar la misma vehemencia que mostraba frente a las mujeres que pedían hospedaje y decirles que regresaran meses después. Que no volvieran a tocar las puertas sino hasta cuando sus cuerpos estuvieran irreconocibles. Con achaques y la enfermedad desarrollada. Con esos ojos que yo ya reconocía. Sólo cuando no pudieran más con sus cuerpos les sería permitido entrar al Moridero. Sólo entonces podían aspirar a la categoría de huéspedes. Sólo entonces se ponían en juego las reglas que había ideado para el correcto funcionamiento del salón. Era sorprendente ver que ese tipo de huésped, el que había tocado la puerta sano para ser rechazado después, era el más agradecido con los cuidados. Incluso muchos elogiaban los acuarios, aunque dentro de las aguas no hubiera ya nada que llamara la atención."
Mario Bellatin, Salón de belleza (1994)

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"Al día siguiente de la conferencia, la fiebre dio un pequeño salto. Llegó a aparecer en los periódicos, pero bajo una forma benigna, puesto que se contentaron con hacer algunas alusiones. En todo caso, al otro día Rieux pudo leer pequeños carteles blancos que la prefectura había hecho pegar rápidamente en las esquinas más discretas de la ciudad. Era difícil tomar este anuncio como prueba de que las autoridades miraban la situación cara a cara. Las medidas no eran draconianas y parecían haber sacrificado mucho al deseo de no inquietar a la opinión pública. El exordio anunciaba, en efecto, que unos cuantos casos de cierta fiebre maligna, de la que todavía no se podía decir si era contagiosa, habían hecho su aparición en la ciudad de Oran. Estos casos no eran aún bastante característicos para resultar realmente alarmantes y nadie dudaba que la población sabría conservar su sangre fría. Sin embargo, y con un propósito de prudencia que debía ser comprendido por todo el mundo, el prefecto tomaba algunas medidas preventivas. En consecuencia, el prefecto no dudaba un instante de la adhesión con que el vecindario colaboraría en su esfuerzo personal.[...]Había examinado al viejo y ahora se encontraba sentado en medio de aquel comedor miserable. Sí, tenía miedo. Sabía que en el barrio mismo, una docena de enfermos esperarían al día siguiente retorciéndose con los bubones. Sólo en dos o tres casos había observado alguna mejoría al sacarlos. Pero para la mayor parte el final era el hospital y él sabía lo que el hospital quería decir para los pobres. "No quiero que les sirva para sus experimentos", le había dicho la mujer de uno de sus enfermos. Pero no servía para experimentos, se moría y nada más. Las medidas tomadas eran insuficientes, eso estaba bien claro. En cuanto a las "salas especialmente equipadas", él sabía lo que eran dos pabellones de donde había desalojado apresuradamente a otros enfermos; habían puesto burlete en las ventanas, los habían rodeado con un cordón sanitario. Si la epidemia no se detenía por sí misma, era seguro que no sería vencida por las medidas que la administración había imaginado." 
Albert Camus, La peste (1947)

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"En casa de Jia Genzhu se preparaban para festejar por todo lo alto la boda de un hermano menor, una ocasión sin duda dichosa. Jia Genbao padecía también la enfermedad de la fiebre, pero los vecinos de la aldea Ding se pusieron de acuerdo y defendieron ante todo forastero su salud de hierro y apetito voraz. Finalmente lograron engatusar a una joven sana de otro pueblo, que accedió a casarse con él en unos días. La familia quería celebrar un gran banquete con una decena de mesas, pero las conocidas como mesas de los ocho inmortales, que podían acomodar tal número de comensales y de las que toda familia disponía en el pasado, se habían utilizado para fabricar ataúdes."
Yan Lianke, El sueño de la aldea Ding (2013)
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"—No seas necia —exclamó Raymond airadamente—. ¿Tú también te dejas invadir por el pánico, como mis valientes soldados? Dime, te lo ruego, qué tiene de inexplicable algo que no es sino un hecho natural. ¿Acaso no visita la peste todos los años la ciudad de Estambul? ¿Qué asombro puede causar que en esta ocasión, cuando, según se nos dice, se ha producido con una virulencia sin precedentes en Asia, haya ocasionado estragos redoblados en la ciudad? ¿Qué asombro puede causar que, en tiempos de asedio, escasez, calor extremo y sequía, se haya cebado especialmente en la población? Y menos asombro aún despierta que la guarnición, sin poder resistir más, se haya aprovechado de la negligencia de nuestra flota para huir prontamente de nuestro asedio y captura. ¡No es la peste! ¡Por Dios que no lo es! No es la plaga ni el peligro inminente lo que nos lleva a abstenernos de hacernos con una presa fácil, como las aves que, en tiempo de cosecha, se asustan ante la presencia de un espantapájaros. Es vil superstición. Y así, la meta de los valientes se convierte en vaivén de necios; la noble ambición de personas elevadas, en juguete de esas liebres domesticadas. ¡Pero Estambul será nuestra! Por mis empeños pasados, por la tortura y la cárcel que por ellos sufrí, por mis victorias, por mi espada, juro —por mi esperanza de fama, por mis antiguas renuncias que ahora esperan recompensa—, juro solemnemente que estas manos plantarán la cruz en esa mezquita."
Mary Shelley, El último hombre (1826) 

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"El espíritu de contradicción y pelea, de difamación y vituperación, que ya antes había sido el gran perturbador de la paz de la nación, no cesó al mismo tiempo que la infección y no fue, por cierto, el menor de nuestros infortunios. Se decía que los restos de las antiguas animosidades era lo que nos había hundido a todos en el desquicio y la sangre. Entonces el gobierno recomendó paz a las familias y a los individuos, en todo el país y en toda ocasión. Pero nada. Tras la peste de Londres, quien hubiera visto la situación en que acababan de hallarse los habitantes, y lo tiernos que se habían vuelto éstos entre sí, prometiéndose que en el futuro sólo caridad tendrían y no se dirigirían más reproches, ese alguien, digo, habría pensado que por fin reinaría entre todos otro espíritu. Pero no fue posible. Las rencillas subsistieron. La Iglesia y los presbiterianos eran incompatibles. Tan pronto como la peste se acabó, los ministros católicos echaron afuera a los disidentes que habían ocupado el púlpito por ausencia de los titulares. Ninguna otra cosa podían esperar los disidentes de los católicos que verlos caer sobre ellos y aplastarlos bajo sus leyes penales; mientras estuvieron enfermos, aceptaron sus prédicas, pero ahora, ya sanos, volvían a perseguirlos."[...]"Estamos en que, como he dicho, la peste se desató y los magistrados comenzaron a pensar seriamente en el estado de la población. Sobre qué hicieron por el bien de los habitantes y de las familias infectadas, dejaré que hablen los hechos mismos. Pero en lo que se refiere a la salud pública, conviene señalar aquí que, viendo la estupidez del populacho que corría hacia la locura detrás de curanderos, charlatanes, brujos y adivinos, el Lord Mayor, un caballero muy sobrio y religioso, designó médicos y cirujanos para aliviar a los pobres –quiero decir a los enfermos pobres–, y en especial ordenó al Colegio de Médicos la publicación de instrucciones acerca de remedios baratos para todas las instancias de la enfermedad. La verdad es que esta fue una de las cosas más caritativas y juiciosas que se pudieron hacer en aquel tiempo, pues contribuyó a que la gente no se agrupara frente a las puertas de los dispensadores de recetas, y a que no tomara ciegamente y sin consideración pócimas que daban purga y muerte en lugar de vida."[...]No se supondrá que menoscabo la autoridad o la capacidad de los médicos, cuando digo que la violencia de la enfermedad, al llegar a su clímax, fue como la del fuego del año siguiente. El fuego, que consumió todo lo que la peste no había podido tocar, desafió a todos los remedios: las bombas de incendio se rompieron, los cubos fueron desechados, y el poder del hombre se vio desbaratado y arrojado a su fin. Del mismo modo, la peste desafió toda medicina; hasta los médicos fueron atrapados por ella, con sus protectores sobre la boca; deambulaban prescribiendo a otros e indicándoles qué hacer, hasta que las señales los alcanzaban y caían muertos, destruidos por el enemigo contra el que batallaban en los cuerpos de otros. Tal fue el caso de varios médicos, entre los que se contaran algunos de los más eminentes, y el de varios de los cirujanos más hábiles. También perecieron muchos curanderos que cometieron la tontería de confiar en sus propias recetas, cuya ineficacia necesariamente deberían conocer; como a otros ladrones, conscientes de su culpabilidad, les hubiera convenido más huir de la justicia, sabiendo que solo podían esperar un castigo acorde con sus merecimientos." 
Diario del año de la peste, de Daniel Defoe (1722) 


Las citas de textos aquí realizadas tienen como único fin la divulgación literaria. Fueron tomadas de las obras literarias de sus correspondientes autores y/o titular.


PD: "Nessun Dorma" de Puccini, interpretada por Andrea Bocelli


16 comentarios:

  1. Una muy buena selección, Marybel. Y Nessun Dorma interpretado por Bocelli como colofón, sublime.
    En 1772 escribió el amigo Defoe esas palabras y hay tanto en ellas que recuerdan a la situación actual... Maravilloso también Josep Pla con esa menguada emoción ante la muerte (a todo nos acostumbramos) y es momento repentino de pánico al sospechar síntomas. Todos los textos en realidad son magníficos. Gracias por ellos.
    Besos

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    1. Muchas gracias Lorena, en verdad son magníficos.
      Un fortísimo abrazo!

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  2. Qué buena e implorada vuelta. Marybel, necesitábamos la luz de la inteligencia y qué huérfanos estábamos. Porque eres capaz de darle una vuelta a los clásicos por unos derroteros inefables, que solamente tú encuentras. Añadiría a tu prontuario sobre las pandemias, el Decamerón, que se convierte en un entretenimiento para combatir con cuentos, el tedio de un confinamiento, el de la peste de 1348. No tenían Netflix ni HBO. Por cierto, la peste iba a traer un cambio sorprendente y florecimiento posterior de las ciudades. Con cifras de mortalidad de otra época, pero que abruman.

    Y me ha sorprendido tu elección de uno de los arias más conocidas de la historia de la Ópera. Porque habla de una victoria, la del Príncipe Calaf, que es capaz de contestar a las tres preguntas que le plantea la gélida princesa Turandot para acceder a su casamiento. Como aquel príncipe tártaro, esperemos que de una noche vulgar a una noche encantada, logremos derrotar a este virus. Qué nadie duerma, ni se duerma. Todavía nos queda una lucha tenaz. Te seguiré leyendo.

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  3. Ciertamente Boccaccio tendría que estar en la lista. Añadámoslo pues.
    Acabo de recordar un libro divulgativo sobre la peste que leí hace unos años de Ole J. Benedictow". Se titula "La Peste Negra, 1346-1353. La historia completa", y es muy buena.
    Gracias por tu paso por el blog.
    Un abrazo.

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  4. Gracias a ti, Marybel. Como te he dicho en otro sitio, bienvenida. Echábamos de menos, tu forma particular y brillante de mirar la cultura. Me ha encantado la aseveración de Steiner. Un vagón de tercera responde por su viveza al interés de unos ojos inquietos. Esto decías:"George Steiner aseguraba que las mejoras novelas son aquellas que en un vagón de tercera clase le permite a un pasajero abstraerse de la realidad. Totalmente de acuerdo!" Nos seguimos leyendo.

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  5. Buena selección. La descripción de Jack London es terrorífica, más parece obra de un veneno que de un virus y la de Thomas Mann tampoco se queda atrás. La polio, que se menciona en el fragmento de Roth, es otra enfermedad terrible, recuerdo una novela de Manuel Rivas "El último día de Terranova" donde aparece a través de uno de sus personajes. Fue una epidemia que se pudo evitar, porque había vacuna, pero por motivos políticos y empresariales se fue retrasando su aplicación.
    Otro libro, aunque ensayo es "El jinete pálido" de Laura Spinney, sobre la gripe española.
    Un abrazo a distancia.

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    1. Hola Gerardo!!! conozco la obra de Laura Spinney. La obra de Yan Lianke está también basada en hechos reales. China liberalizó la venta de sangre en los ochenta. Eso dio lugar a un negocio sucio donde las autoridades locales, con el apoyo de instituciones animaron a la población a enriquecerse vendiendo su propia sangre. El resultado fue la propagación sin medida de la “enfermedad de la fiebre”: el sida. Tremendo!
      Gracias por tu participación.
      Otro abrazo a distancia nunca mejor dicho!!!!

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  6. Me gustó especialmente "Némesis", de Roth. Me ha encantado tu lista, porque contiene algunos que no conocía. Me ha venido a la cabeza "Ruido de fondo", de Don Delillo, que no es exactamente sobre una pandemia, pero sí sobre la enfermedad y en cómo las noticias (ese ruido de fondo) no nos dejan pensar.
    Un fuerte abrazo y feliz semana.

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    1. Hola Rocío, muchas gracias por tu aporte y participación. Tomo nota.
      Otro fuerte abrazo y feliz pandemia.

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  8. Thank you very much for your visit.
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  9. Elegiste muy bien, Marybel, adecuados para este momento. Algunos los había leído hace mucho y me gustó recordarlos. Gracias.
    Un fuerte abrazo.

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    1. Muchas gracias Mirella. Un placer tenerte por aquí.
      Un fuerte abrazo.

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  10. Hola Marybel, ¡cuanto tiempo!
    Una excelente selección la que has elegido, quizá dentro de unos años se hablará sobre la pandemia del 2020 en la literatura. Algunas de las obras seleccionadas sí las he leído, otras debería incorporarlas en mi lista de pendiente para su lectura pero en otro momento,quizás cuando todo esto ya quede lejos.
    Me emociona siempre el Nessun dorma.
    Besos
    Ese miedo

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    1. Hola Conxita!! Habrá libro, cómic, largometraje, documental y todo lo que te imagines.
      Muchas gracias por tu visita.
      Un fortísimo abrazo sin miedo!!!

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