31 de julio de 2020

EICHMANN EN JERUSALÉN, de Hannah Arendt

«Ahora sabemos que hay un Eichmann en cada uno de nosotros». Hannah Arendt

No es el caso, pero supongamos que me viese obligada a hablar sobre Hannah Arendt. ¿Qué podría decir? De su tesis sobre "la banalidad del mal" se ha escrito ríos de tinta. Sus artículos despertaron tanto la admiración de unos -el poeta Robert Lowell y el filósofo Karl Jaspers se quitaron el sombrero ante lo que tacharon una obra maestra- como la animadversión de otros. No. La pensadora no necesita ser estudiada para ser leída ni tampoco necesita cómplices. En su rigor irreductible, Arendt parece inaccesible, pero el vigor de su pensamiento centellea por esa dialéctica impiadosa que la colocó siempre en el pelotón de intelectuales polémicos. Me alegra pues, no hacerlo. Me sentiría derrotada de entrada. Doy por sentado que la mayoría de lo que ya se escribió es necesario, interesante y admisible. Sin más. 

"Eichmann en Jerusalén" (1962) es uno de esos libros difíciles de reseñar. Al menos, para mí. Intimida. Dice tanto al lector, que cualquier intento de recensión parece una audacia. Es una obra intensa, redundante con magníficas digresiones: "intentar comprender no significa perdonar" o "el mal no puede ser radical, sólo el bien". Es lo que se espera, pues, de un ensayo de filosofía. 
En 1961, Hannah Arendt, judía de origen alemán, exiliada en Estados Unidos, fue enviada como corresponsal del The New Yorker para cubrir la información sobre el juicio contra el nazi Otto Adolf Eichmann. El juicio concitó toda la atención mediática internacional no sólo por ser Eichmann uno de los pocos esbirros de Hitler que aún quedaban vivos, sino porque el Gran Tribunal se enfrentaba a un crimen que no había sido legislado en su Código Penal. Además se encaraba a un tipo de criminal que la sociedad no había visto desde los procesos de Nuremberg. 
Moralista no convencional, Arendt se luce en este ensayo como una entomóloga implacable que nos cautiva con precisas descripciones sobre la personalidad de Eichmann y reflexiona sobre todas las causas de aquella perversión que incendió Europa. Suelta significados que no estaban previstos, que estaban escondidos y que ella misma no conocía. Señala con el dedo. Pone en evidencia el papel desempeñado por los Consejos Judíos -cuestión que suscitó una airada controversia- y que facilitaron el camino para que la maquinaria de exterminio nazi funcionara a pleno rendimiento. Claro que, la lucidez crítica tiene su precio: la condena social. 
La filósofa esperaba encontrar en Eichmann a un psicópata asesino pero se encontró con un individuo que distaba mucho de poseer un espíritu homicida. Un pobre diablo, eso si -servicial y amante del orden- que vio la oportunidad de realizarse a si mismo a través de la burocracia del partido. "Me impresionó -dice- la manifiesta superficialidad del acusado, que hacía imposible vincular la incuestionable maldad de sus actos a ningún nivel más profundo de enraizamiento o motivación. Los actos fueron monstruosos, pero el responsable –al menos el responsable efectivo que estaba siendo juzgado– era totalmente corriente, del montón, ni demoníaco ni monstruoso". 
Tremendas barbaridades se cometieron durante la II Guerra Mundial. Cierto. Pero lo más aterrador para Hannah fue descubrir que detrás de la raíz subjetiva de aquellas atrocidades no había nada. Ningún motivo. Y arriba a una conclusión escandalosa: el mal más grande del mundo puede ser cometido por cualquiera individuo. 
La pregunta se impone. ¿La agresividad forma parte de nuestra propia naturaleza? Pues sí. Todos somos Jano. La agresividad humana es instintiva. Y cuando se rompe el delgado sostén de la civilización, se cae de manera inexorable en la barbarie. 
“Lo más grave en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales (...)
Lo que se grababa en las mentes de aquellos hombres que se habían convertido en asesinos era la simple idea de estar dedicados a una tarea histórica, grandiosa, única (una gran misión que se realiza una vez cada dos mil años)… las tropas de los Einsatzgruppen procedían de las SS armadas… y sus jefes habían sido elegidos por Heydrich entre los mejores de las SS, todos ellos con títulos universitarios. De ahí que el problema radicara, no tanto en dormir su conciencia, como en eliminar la piedad meramente instintiva que todo hombre normal experimenta ante el espectáculo del sufrimiento físico“.
(...)El pueblo alemán se mostró indiferente, sin que, al parecer, le importara que su país estuviera infestado de asesinos de masas, ya que ninguno de ellos cometería nuevos asesinatos por su propia iniciativa: sin embargo, si la opinión mundial -o, mejor dicho, lo que los alemanes llaman das Ausland, con lo que engloban en una sola denominación todas las realidades exteriores a Alemania- se empeñaba en que tales personas fueran castigadas, los alemanes estaban dispuestos a complacerla, por lo menos hasta cierto punto." 
(...) Las leyes de Nuremberg habían privado a los judíos de sus derechos políticos, pero no de sus derechos civiles; habían dejado de ser 'ciudadanos' (Reichsbürger), pero seguían sometidos al Estado alemán, en el sentido de formar parte de su población (Staatsangehörige). Incluso en el caso de emigrar, no por ello perdían su vinculación con el Estado alemán. La relación carnal entre judíos y alemanes, así como los matrimonios mixtos, estaba estrictamente prohibida. Asimismo, también estaba prohibido que las mujeres alemanas menores de cuarenta y cinco años trabajaran en hogares judíos. Entre todas estas disposiciones legales, únicamente la última tuvo importancia práctica; las otras no eran más que formulaciones jurídicas que reflejaban la situación de facto."
La pensadora acuña un nuevo concepto "la banalidad del mal" y destruye la tesis de que los alemanes, y sólo ellos, fueran fanáticos exterminadores de judíos al servicio de una dirigencia asesina. Todo acontecimiento que implique víctimas, fundamentalmente si se trata de las escalofriantes tropelías cometidos en los campos de concentración, incita más a la contemplación sobrecogida que a la reflexión moral. Sintetiza que cualquiera de nosotros, en determinadas circunstancias puede convertirse en un Eichmann. Y para hacerlo no es necesario tener firmes principios o intenciones malévolas, basta simplemente con anular la capacidad de reflexión crítica. Dicho de otro modo. Cuando el mal es cometido por un régimen totalitario, es probable que en la cabina de mando haya auténticos sádicos morales, pero entre los mandos subalternos lo más presumible es que se encuentren hombres comunes y corrientes, amorosos padres de familia, que imbuidos por ese contexto socio-político renuncian a sus principios morales en aras de reconocimiento y aceptación del grupo. Tener un comportamiento obediente, sin reservas, ciega el conocimiento. 
Las respuestas no son sencillas. ¿Fue Eichmann justo en su comportamiento, dentro de la Alemania Nazi? ¿Qué hubiéramos hecho en su lugar?. 
"La ley común de Hitler exigía que la voz de la conciencia dijera a todos debes matar', pese a que los organizadores de las matanzas sabían muy bien que matar es algo que va contra los normales deseos e inclinaciones de la mayoría de los humanos. El mal, en el Tercer Reich, había perdido aquella característica por la que generalmente se le distingue, es decir, la característica de constituir una tentación. Muchos alemanes y muchos nazis, probablemente la inmensa mayoría, tuvieron la tentación de no matar, de no robar, de no permitir que sus semejantes fueran enviados al exterminio" 
"Es curioso observar que Antonescu" (dictador de Rumanía entre 1940 y 1944), "desde el principio hasta el fin, no fuera más 'radical' que los alemanes (como Hitler creía), sino que estuviera siempre un paso más adelantado que estos. Él fue el primero en privar a los judíos de su nacionalidad, y él fue quien comenzó las matanzas a gran escala, sin ocultaciones y con total desvergüenza, en una época en que los alemanes todavía se preocupaban de mantener en secreto sus primeros experimentos. Él fue quien tuvo la idea de vender judíos, más de un año antes que Himmler hiciera la oferta de 'sangre a cambio de camiones', y él fue quien terminó, cual haría después Himmler, por suspender el asunto, como si se hubiera tratado de una broma."
La preservación de la Memoria Histórica nos lleva a sostener, con Hannah Arendt, que si bien la violencia está adscrita en la historia de la humanidad, nosotros, hombres del siglo XX y XXI, la hemos conocido y la hemos padecido, seguramente más que cualquier persona que nos haya precedido en el tiempo. Y la Historia enseña que no todas las injusticias serán reparadas, añado yo.
Es pues, una obra que te obliga a reflexionar y nos ofrece un abanico de propuestas para comprender la depravación nazi. Siempre es mejor el conocimiento que la ignorancia; la verdad que el convencionalismo. 
Totalmente imprescindible.

Todos los fragmentos fueron tomadas de "Eichmann en Jerusalén", de Hannah Arendt. Editorial Lumen.



P.D.: "La lista de Shindler", la fuerza de la música de John Williams y el violín de Itzhak Perlman convierten esta pieza en una obra absolutamente conmovedora.

12 comentarios:

  1. He leído hace unos ocho años este libro fundamental que hoy nos reseñas y coincido contigo en las apreciaciones críticas que haces del mismo sobre la figura gris y mediocre de muchos mandos intermedios y no tan intermedios del nazismo. Solo obedecían órdenes. Y obedecer para un alemán es algo muy serio. Los españoles no habríamos podido realizar el holocausto del modo que lo hicieron los alemanes, y eso dice algo bueno -y algo malo- de nosotros. Malo porque los alemanes son capaces de levantar un país de las ruinas y convertirlo en la mayor potencia europea tras la segunda guerra mundial, y a la vez fueron capaces de "aquello". No obstante, no todos los jerarcas nazis eran tan grises como Eichmann. Hubo uno de ellos, Reinhard Heydrich, que fue asesinado en Praga, que era el prototipo de nazi convencido y encarnación gustosa de la barbarie asesina. Hubiera sido mucho más interesante haber juzgado a Heydrich pero no se hubiera creado el termino de "banalidad del mal".

    No obstante, el libro que nos traes es profundamente polémico para muchos judíos que lo rechazaron y atacaron a Arendt por su tesis de que los consejos judíos fueron colaboradores activos de los nazis, y de tal modo, estos pudieron hacer lo que hicieron por la colaboración de los consejos judíos que seleccionaban a las víctimas obedeciendo a las autoridades alemanas. Sin la actuación de los consejos judíos y su sumisión no habría podido hacerse una maquinaria tan eficaz. Además, sabemos que en el interior de los campos de exterminio estaban los kapos judíos que controlaban a sus compañeros y que en las cámaras de gas, todos los miembros de las escuadras negras eran judíos. Arendt pone el dedo en la llaga al referirse a la responsabilidad judía en el holocausto. Y esto no gustó en absoluto. Este es el motivo por que el libro es polémico más que por el término exacto de banalidad del mal.

    Un cordial saludo.

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    1. Cierto es un libro muy polémico quizás por eso me atrae tanto.
      Intentar comprender no es lo mismo que perdonar. Arendt sólo quería comprender. Lo que le sucedió a la opinión pública fue que no entendió su intención o lo que es peor, simplemente no leyeron su tesis.
      Ella intentaba radiografiar el juicio sin prejuicios. Intentaba analizar objetivamente las pruebas. Objetividad que se vio sin duda favorecida por el desapego al nacionalismo judío, a pesar de ser ella misma judía. “¿Qué otra cosa se podía hacer?” dicen los judíos, y ese es exactamente el mismo argumento que esgrimía Eichmann para justificar su comportamiento.

      Todos eran jóvenes cuando Hitler llegó al poder. Estoy de acuerdo que no todos eran fanáticos pero formaban parte de un mecanismo que funcionaba a la perfección. Se anclaba en un sistema de creencias compartidas por muchos de los miembros (muchos intelectuales) de una generación que creció en la Alemania derrotada. Si cambiamos a Eichmann por Heydrich es posible que no existiera este libro, pero la banalidad no surge porque Arendt la haya acuñado. Lo terrorífico era la normalidad nazi. Heydrich o Himmler, Hans Frank o Guderian. Da igual. Para alimentar a su salvaje sadismo hubiera matado igualmente pero no habrían podido eliminar a seis millones de judíos, ni hacerlo a escala industrial como se realizó ellos solos.
      Posiblemente lo que más golpea el hígado de lo dicho por Arendt es la terrible certeza de que en todos nosotros llevamos un Eichmann. Y que una buena formación no es suficiente para evitar los cataclismo. Muchos eran intelectuales.

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  2. Realmente los humanos nos hemos coronado en muertes provocadas por nosotros mismos con la historia del siglo XX. El tema de la maldad daría para páginas infinitas y el nazismo además creo que se ha convertido en el símbolo de la maldad más absoluta. Es muy fácil juzgar desde afuera. A mi mente acude el archiconocido experimento de Milgram y las terroríficas consecuencias que se pueden sacar de sus resultados.
    Realmente el libro que nos traes parece imprescindible.
    Un abrazo

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    1. Me implico mucho con este tema. Y sí, es muy fácil juzgar en la distancia. A nosotros no nos tocó vivir la humillación de un Pacto de Versailles, ni estar en un Auschwitz. A igual que Arendt sólo quiero entender cómo fue posible aquello.
      Reitero las preguntas, ¿Qué hubiéramos hecho en su lugar?.
      Muchas gracias Lorena.
      Feliz fin de semana.

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  3. Otra nueva elección, que socava nuestra plácida convivencia con nosotros mismos, en fechas en las que abandonamos nuestros pesares más cotidianos. Es lo que me encanta de Marybel, que te saca del lugar cómodo en el que solamente titilan los sueños más cristalinos.
    Qué conste en acta, que yo leí este libro hace unos cinco años. Indepedientemente de la polvareda que levantase en su momento, el papel de esas cofradías del miedo que son los consejos judíos, a mí sí que me atrae la vulgarizacion del mal. Arendt lo llama banalizacion del mal. Cómo un burócrata anodino de la percha de Eichman, juega un papel primordial en el Holocausto, al organizar la logística de tan execrable exterminio. No muestra ni un átomo de empatia, es como quien garrapatea en el balance de una compañia las cifras ddl negocio en lugar de muertes de seres humanos.

    El mal tiene también mucho brillo. El propio Heydrich que cita Joselu. Violinista virtuoso, tirador de esgrima, paracaidista excelente, y hombre cultivado resultó ser un malvado sin matices. Ni guardó una lealtad a Canaris, que le ayudó en su meteórico ascenso. El ario perfecto para Hitler, encontró en un atentado una pronta y merevida muerte. En fin, Arendt nos propone reflexionar sobre la naturaleza del mal. El hombre asentado en ka normalidad como Eichman, que se conviette en una pieza del engranaje más de la Solución Final.

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    1. Yo tendría que haber sido historiadora del nazismo.
      Ya sabemos que quién tiene la autoridad tiene el poder y que la presión de esta susodicha autoridad puede inducirnos a cometer actos salvajes y lamentables pero ¿Qué lleva a una persona a obedecer unas órdenes que chocan con sus valores más arraigados? Joselu comentaba que en España no hubiera sucedido el Holocausto del mismo modo. Creo que la banalidad no entiende de fronteras, ni es idiosincrática.
      Si Lacan tenía razón y la capacidad de adaptación es una manifestación de la inteligencia, Eichmann era listísimo.
      Nos sobrecoge, al menos a mí, saber que eran brillantes, inteligentes y lo que es peor cultivados. Personas normales. La pregunta se impone una y otra vez: ¿Y nosotros cómo habríamos ejecutado esas órdenes?

      Arendt se ganó unos cuantos enemigos. Además puso de relieve que sin la colaboración de las autoridades judías de la época, Eichmann no hubiera podido movilizar a cuatro millones de judíos. Admitir este colaboracionismo pasivo era meter el dedo en la llaga en la responsabilidad judía.

      Heydrich, Himmler, Hess, Goering...demostraron que servir a un régimen criminal, no importa su naturaleza, potencia aun más su criminalidad.
      Un abrazo.

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    2. Aunque se te dé muy bien, Marybel, indagar y hollar en esas historias en las que la maldad, sin matices se regodeó en su iniquidad, perderíamos otras facetas tuyas que me parecen inapreciables. Porque es ese estilo tuyo, con el que nos desmochas la literatura francesa y otras literaturas, para que las vayamos digiriendo, como dice la campaña publicitaria, no tiene precio.

      Estoy de acuerdo con el maestro y lúcido pensador Joselu, que fue la connivencia de los Consejos Judíos la polémica que más se resaltó . Esa barbaridad tuvo que contar con colaboradores necesarios, sin embargo, como muchas otras obras, sugieren más interpretaciones al cabo del tiempo. Yo leí este libro atraído por su aureola. Autores como Peter Watson, en su Historia intelectual del siglo XX, inciden en lo provocadoramente que Arendt nos presenta el retrato anodino del mal en la figura de Eichman. Ni un atisbo de arrepentimiento y un retrato muy humano en el amplio sentido de la palabra. Lógico, quizá no tanto en aquel momento, en el que el relato oficial presentaba a los nazis como género ajeno a la especie humana. Produce consuelo pensar que esas bestias no fueran humanas, pero es alejarnos de nuestra propia naturaleza. Freud decía que el hombre tenía dos naturalezas. El Eros, amor, que nos impelía a ser altruistas y tener los gestos más generosos. Y el thanatos, la semilla de la destrucción en nosotros mismos. Capaces de lo peor y lo mejor. Un placer, Marybel, la postertulia también. Imaginemos que estamos todos en el desaparecido Café Fornos. Acorde con las temperaturas que nos azotan estos días. Un horno. Buena semana.

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    3. Ciertamente están las dos caras de la moneda. Por un lado a los Eichmanns y por otro a los Mengeles. Sabemos que no fue por una ausencia de formación. Nazis cultivados, hubo muchísimos en el Tercer Reich. Como muy bien apuntó George Steiner, se tocaba a Schubert por la noche, se leía a Rilke por la mañana y se torturaba al mediodía. Y no dejo de cuestionarme ¿Cómo pudo la gente que había admirado las obras de Goethe y de Schiller, por citar algo, abrazar a Hitler? ¿Cómo es posible que pusiesen su talento intelectual al servicio del partido? Se te ocurre alguna razón?
      Hay un libro que leí el verano pasado sobre la intelectualidad de los integrantes del partido nazi. "Creer y destruir" de Christian Ingrao. Un libro fascinante también, todo hay que decirlo.
      Gracias por tu aporte Sergio.

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  4. Coincido plenamente contigo. EL hombre es un lobo para el hombre. No hay más que ver cómo después de siglos y siglos no hemos aprendido nada. Este es uno de esos libros que duele y que nos hace reflexionar, sin duda.
    Un fuerte abrazo.

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    1. No decepciona. La glacial ola de la Historia encharca los pies de un lector que no puede dejar de plantearse: qué hubiera hecho yo ante una situación semejante.
      Un abrazo.

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  5. Es un libro que leí con mucha atención y luego releí algunas partes. Me parece un libro imprescindible que no resulta dificil leer como otras obras suyas.

    Es verdad que es difícil reseñarlo pero lo has hecho con rigor y mostrando tu lectura de dicho libro.

    Un abrazo.

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    1. Creo en la importancia de ver las cosas desde ángulos distintos y que cada uno saque sus propias conclusiones. Han pasado 75 años pero son cuestiones que no deberían quedar en el ostracismo. Y no sólo me refiero al Holocausto nazi, sino a todas las barbaries colectivistas. Personalmente, me cuesta aceptar que civilización y barbarie sean términos indisociables.
      Tienes razón es un libro de lectura fluida pero lo más firme del libro es que te induce a meditar.
      Un abrazo

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